Joan Crawford, la peor madre del mundo
P
ara el público era una generosa estrella de Hollywood, ganadora de un Oscar, que ante la imposibilidad de tener hijos decidió adoptar cuatro niños. Para Christina, la mayor de ellos, una alcohólica neurótica y maltratadora trastornada con la pulcritud.
En 1978, un año después de la muerte de su madre, Christina escribió «Queridísima mamá», un éxito de ventas en el que destripaba el mito de Joan Crawford. Fue la primera biografía de un famoso tan explícita y tan dura. Treinta años después publica una edición ampliada y recibe a una periodista –es la primera vez en una década– para hablar de su «progenitora adoptada».
Christina Crawford tenía 13 años cuando dejó de creer que su madre la quería. Era una edad bien temprana para ver tan profundamente cuestionada la creencia en la bondad del mundo. Pero fue a esa edad a la que ella recuerda que su madre la agarró por la garganta, le dio un puñetazo en la cara y le estampó la cabeza contra el suelo. «Eso no se olvida nunca», afirma ahora, con 68 años. «Se situó muy cerca de mi cara y se le notaba en los ojos... Cualquiera puede ver que alguien está tratando de matarle».
Era una característica de la personalidad de su madre que en ?953 nadie más conocía. Para el gran público, la madre de Christina no era la típica maltratadora con accesos incontrolados de cólera y alcohólica. Para todo el mundo era sencillamente Joan Crawford, la estrella de Hollywood.
El Óscar. Lo ganó en 1946 y 1963 (en la imagen) lo recogió en nombre de Anne Bancroft. Con ella, Gregory Peck, Sophia Loren y Fernanado Lamas.
En la etapa culminante de su carrera, en los años 40, Crawford tenía fama más bien de buena persona. Fue una de las primeras ingenuas del cine, una actriz que había superado una infancia de pobreza para convertirse en una de las mujeres mejor pagadas del mundo del espectáculo. A lo largo de cinco décadas, interpretó papeles de protagonista con Clark Gable en Amor en venta o con Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane? y ganó un Oscar en ?945 por el papel principal de Alma en suplicio. Vivía en una amplia mansión en Brentwood, en Los Ángeles, y empleó su dinero en adoptar y educar a cuatro niños, uno de ellos Christina. Una decisión continuamente elogiada en los extensos reportajes que las revistas dedicaban a la felicidad de su vida en familia. Para Christina, sin embargo, la imagen pública era una mentira entre oropeles. «La gente fantaseaba sobre quién o qué era yo, sobre mi vida familiar, la vida privilegiada de la hija de una estrella de cine. Pero yo no tenía nada de eso».
Un año después de la muerte de su madre, en ?977, de un ataque al corazón, a los 69, 72 ó 73 años de edad, según la fecha de nacimiento que prefiriera creer cada cual, se colmó el vaso de su frustración. En ?978 publicó Mommie dearest (Queridísima mamá), una autobiografía feroz que retrataba a Joan Crawford como una perfeccionista sádica, una alcohólica propensa a castigar las faltas más leves con un rigor desproporcionado.
Fueron las primeras memorias de un personaje famoso en las que se contaba absolutamente todo, el primer libro en el que se hablaba tan abiertamente de una infancia presuntamente marcada por los malos tratos psicológicos y físicos. El libro causó sensación y se mantuvo durante 42 semanas en el primer puesto de la lista de los más vendidos del New York Times. En los años siguientes, los hijos de Bette Davis y Bing Crosby escribieron libros de memorias parecidos en los que sus padres salían bastante malparados, y la película de ?98? que adaptó Mommie dearest, con el mismo título y Faye Dunaway en el papel protagonista, se convirtió en un éxito de culto. Sobre la reputación de Joan Crawford cayó una descalificación tan feroz que nunca ha llegado a recuperarse del todo.
La familia. Alfred Steele, su cuarto marido, Crawford, Christina, Christopher y las gemelas Cindy y Cathy, en 1956.
Perchas de alambre. Hasta el día de hoy, la mayoría de la gente la asocia con una escena vergonzosa que aparece tanto en el libro como en la película en la que Joan Crawford monta una bronca brutal al descubrir que los vestidos de Christina están colgados de unas perchas de alambre. «¡Nada de perchas de alambre!» fue una frase que se incorporó al lenguaje coloquial para expresar la inestabilidad de una madre neurótica. En otra ocasión, Christina recuerda a su madre sacándola a rastras de la cama en plena noche, cuando tenía 9 años, para atizarle en la cabeza con un bote de detergente por haberse dejado restos de jabón en el suelo del baño.
Ahora, 30 años después de la publicación de Mommie dearest, Christina Crawford vuelve a sacar el libro con prólogo y epílogo nuevos, con testimonios de contemporáneos que corroboran sus afirmaciones y con más de ?00 páginas y fotografías que se suprimieron en la edición de ?978.
Los negocios. Al morir Steele, la actriz ocupó su puesto en el consejo de administración de Pepsi. La foto es de 1966.
Christina también tiene sus detractores. A lo largo de estos años, varios colegas de Joan Crawford, entre ellos, su primer marido, Douglas Fairbanks hijo, y la actriz Myrna Loy, han puesto en duda los recuerdos de Christina, a la que han acusado de exagerar y fantasear. Dos de los otros niños adoptados por Crawford, las gemelas Cathy y Cindy, afirmaron públicamente en su día que Christina era una mentirosa e insistieron en que Joan era una madre cariñosa, exigente pero nunca maltratadora.
Han pasado tres décadas y el conflicto entre hermanas sigue sin resolverse. Tanto Cindy como el único varón adoptado por Crawford, Christopher, han muerto recientemente. Pero la animosidad sigue enquistada en las nuevas generaciones. Casey LaLonde, hijo de Cathy, de 36 años de edad, confiesa por teléfono desde su casa de Filadelfia que su madre aún recuerda «un hogar en el que reinaba el cariño. Mi abuela era una madre muy cariñosa, muy protectora de sus hijos, a los que adoraba, una persona maravillosa. Siempre he puesto un cuidado exquisito en no llamar mentirosa a Christina, pero está claro que su experiencia fue muy diferente de la de mi madre y mi tía Cindy».
En marzo de este año una nueva biografía de Joan Crawford arrojó sobre Christina una luz aún menos favorecedora. Not the girl next door, de Charlotte Chandler, incluía entrevistas con la propia actriz en las que ésta cargaba contra su hija adoptada, a la que acusaba de ingrata. Se mencionaba en el libro una cita textual de Cathy Crawford en la que ésta decía que Christina «tenía su propia realidad... No me explico de dónde sacaba sus ideas. Nuestra mamá era la mejor madre que cualquiera haya podido tener».
Hasta ahora, Christina no había respondido. Sin embargo, cuando me encuentro con ella en su casa de Idaho para su primera entrevista en ?0 años, sigue en sus trece. Reconoce que tal vez fuera una niña muy testaruda, difícil en ocasiones, pero señala que su hermano pequeño, Christopher, con quien ella compartió habitación hasta que cumplió ?0 años, confirmó su versión. «Cathy ha hablado sobre su experiencia todo lo que ha querido, y ése es privilegio suyo, pero había ocho años de diferencia entre nosotras. Ella tenía dos años cuando a mí me enviaron a un internado. Ella no podía saber nada acerca de mi experiencia o de la de Chris, no tenía ni idea, nada de nada».
Perritos falderos.¿Quizás, aventuro, las gemelas tenían una personalidad más dócil y eran menos reacias a someterse a la naturaleza dominante de su madre? Se echa a reír a carcajadas. «Es posible», responde. «Lo que mi madre quería eran admiradores incondicionales y perritos falderos, no seres humanos».
Joan Crawford fue, sin duda, un producto manufacturado desde el primer momento, un mito creado por los magnates cinematográficos. Nacida en San Antonio (Texas), su verdadero nombre era Lucille LeSueur. Su padre desapareció de su vida cuando apenas tenía unos pocos meses de edad. Padeció una infancia llena de privaciones y aquello hizo que aborreciera siempre la mugre y el desorden. Resuelta a escapar de su ambiente, llegó a ser corista en Broadway hasta que fue descubierta por los jefes de la Metro-Goldwyn-Mayer en ?924.
Le ofrecieron un contrato y montaron un concurso en una revista para escogerle un nuevo nombre, pues la pronunciación de su apellido era demasiado parecida a sewer, cloaca en inglés. Joan Crawford fue la propuesta ganadora. Cortó las relaciones con su familia, se abrió paso con uñas y dientes hasta la cumbre y se reinventó a sí misma como una leyenda sin pasado. Las fotografías de la época inmortalizan a una mujer extraordinariamente llamativa, con unos marcados pómulos y unas cejas perfiladas que se arquean sobre unos radiantes ojos oscuros. Se advierte también una determinación poco común en la forma de su barbilla y la actitud retadora de su mirada. Más que resultar bonitas, las fotos tienen potencia, intensidad.
Su carácter enérgico y su rotundo atractivo físico sugerían que estaba acostumbrada a conseguir lo que se proponía. Se casó cuatro veces, la última con Alfred Steele, presidente de Pepsi-Cola, cuyo sillón en el consejo de administración ocupó tras la muerte del magnate. Y tuvo un sinfín de aventuras, tanto con hombres como con mujeres, entre las que hay que mencionar un ligue de una sola noche con Marilyn Monroe. Imposibilitada para tener hijos, los adoptó, para lo que recurrió a intermediarios que le garantizaran que no se le aplicarían las restricciones habituales a mujeres solteras y divorciadas. Uno de los cinco hijos con el que se quedó en un principio fue reclamado por su madre biológica a los pocos días. Christina fue adoptada sin problemas en ?939, Christopher, en ?943, y las gemelas, en ?947.
Vista desde fuera, era una familia como de cuento de hadas. Sin embargo, las cosas no eran como parecían. Aunque Joan le dijo a Christina que su madre biológica había muerto al dar a luz, la mujer estaba todavía viva, en realidad. Christina sólo descubrió la verdad a principios de los años 90, cuando se puso a investigar la historia de su familia biológica. Para entonces, sus padres (una estudiante que había tenido una aventura con un hombre casado, un ingeniero) habían muerto.
Christina recuerda una infancia marcada por los violentos cambios de humor de su madre; en un momento podía estar comprándole vestidos de fiesta espectaculares y carísimos y al siguiente atizándole con un cepillo de pelo en el trasero tan brutalmente como para partirlo en dos. «Al principio lloraba», comenta Christina, «luego, ya no. La única arma que me quedaba era no dar muestras de ningún sentimiento». Cuenta también que, por las noches, a su hermano Christopher lo ataban a la cama con cabos de barco para impedirle ir al baño.
¿Cree Christina que Joan Crawford la quiso en algún momento? «Es posible, muy, muy al principio», admite, «pero no era una persona en su sano juicio. Si hubiese hecho hoy parte de lo que me hizo la meterían en la cárcel. Pero nadie hizo nada, a pesar de que todo el mundo lo sabía: el servicio, algunos vecinos... Era un personaje famoso y los sirvientes tenían un trabajo que no querían perder. Y al final ni siquiera eso. Dejó de haber ayuda en casa porque se hacía muy difícil trabajar a su servicio. La agencia de colocación dejó de enviar gente».
Veneno para las taquillas. Conforme su carrera empezó a declinar, los ataques de cólera, la afición a la bebida y la obsesión con la limpieza de Joan Crawford se fueron haciendo más marcados. Los directivos de los estudios la declararon «veneno para las taquillas» y su autoestima no volvió a recuperar los niveles de antes. Para una mujer cuya valoración de sí misma se basaba directamente en su trabajo, aquello representó un golpe brutal.
Madre e hija con Phillip Terry, el tercer marido de Joan Crawford, con el que estuvo casada de 1942 a 1946. "Muy al principio, puede que sí me quisiera", afirma hoy Christina.
El estilo de vida de la familia Crawford, típico de los personajes famosos, aparecía reflejado rutinariamente en las revistas, que contaban hasta el último detalle de las fiestas de cumpleaños y Navidad de unos niños que nadaban en la abundancia. Sin embargo, detrás del papel satinado y del ruido seco de las bombillas de los flashes al estallar, la realidad era completamente diferente, afirma Christina. A los niños se les permitía elegir un solo juguete cada año. Los demás se volvían a embalar y se entregaban a hospitales u organizaciones benéficas, a pesar de lo cual Crawford obligaba a sus hijos a escribir tarjetas de agradecimiento por los regalos recibidos que no les habían permitido quedarse. Cada una de esas tarjetas era revisada personalmente por la madre, que se las devolvía con anotaciones y correcciones hasta que quedaban a la altura de sus exigencias. «Era como una marcha de castigo», cuenta Christina. «Una cuestión de poder y privaciones. De niña, aquello me impidió tener confianza en mí misma. Me sentía completamente abandonada».
Terminó por acostumbrarse a la soledad. A los ?0 años la enviaron a un internado, pero los estallidos imprevisibles y caprichosos de cólera materna continuaban durante las vacaciones. Al acabar sus estudios, Christina trabajó una breve temporada como actriz antes de incorporarse al departamento de promoción de la empresa Getty Petroleum. Desde la publicación de Mommie dearest ha escrito unos cuantos libros sobre malos tratos a niños y en la actualidad es una defensora decidida de los derechos de los adoptados.
Lleva a sus espaldas tres matrimonios fracasados y tomó la decisión consciente de no tener hijos propios. «Nunca he visto un matrimonio o una relación que funcionen, así que no he sabido cómo hacerlo, así de sencillo», explica. «La verdad es que no tenía condiciones para tener hijos y a ratos me sale un genio violento. Tomé la decisión de no tener hijos y nunca me he arrepentido».
Una iglesia y una tienda en ruinas. Durante los últimos ?5 años, Christina ha vivido en pleno campo, en Idaho, en una casita de madera dentro de una extensa reserva india rodeada de coníferas, praderas y montañas. Los únicos edificios que hay cerca son una iglesia y lo que fue una tienda para todo, actualmente en ruinas. No acaba de encajar del todo en un lugar como éste. Vestida con un elegante traje pantalón de color verde, una blusa escotada y unas alpargatas de esparto con cuña, lleva el pelo teñido de rubio y sus ojos azules quedan oscurecidos la mayor parte del tiempo tras unas gafas de sol. Es una mujer extraordinariamente educada y hospitalaria; proclive de vez en cuando a soltar inesperadas carcajadas.
Es también, creo yo, una mujer desconfiada. Muchas de sus respuestas van acompañadas de una mirada fija y penetrante y de cierto recelo en la voz. Cuando le pregunto si el dinero ha sido uno de los factores que motivan la reedición del libro, se me queda mirando a los ojos sin pestañear durante unos cuantos segundos. «Lo vuelvo a sacar porque sigue siendo uno de los pocos relatos reales, auténticos, de malos tratos en el seno de una familia y es importante que siga estando al alcance de todo el mundo», responde.
En su cuarto de estar, amplio y sin tabiques, sorprende de manera inmediata la ausencia de fotografías, como si el interior de la casa se hubiera despojado de todo aquello que pudiera recordarle su pasado. De las paredes cuelgan fruslerías anónimas sin mayor valor (una reproducción enmarcada de Shakespeare, un reloj que da las horas con un trino de pájaros...). A pesar de un breve acercamiento en los últimos años de Joan, tanto Christina como Christopher fueron excluidos de su testamento, en el que se afirmaba textualmente que la decisión obedecía a «razones que ellos conocen de sobra». Christina impugnó con éxito aquel testamento. Dejó de referirse a Joan Crawford como su madre hace unos cuantos años y ahora habla de ella como «mi progenitora adoptada». Es evidente que no la ha perdonado. «Ella nunca asumió ninguna responsabilidad. El perdón es un proceso entre dos personas», añade.
Ahora reedita el libro. Y la familia de su hermana Cathy ha montado en cólera. «Christina dijo todo lo que quiso y todo el mundo se enteró la primera vez», comenta Casey LaLonde. «El libro fue una monstruosidad. Los recuerdos que yo tengo de ella son los de una abuela normal, cariñosa, que se desvivía por cuidarnos. Nunca hubo nada extraño o perverso en ella. Cuando se publicó el libro por primera vez Joan no estaba ya aquí para defenderse. Fue muy cobarde».
Neil Maciejewski, historiador del cine que dirige una web de homenaje a Joan Crawford, reconoce que la actriz «era alcohólica, una maniática dominante, y probablemente no era la mejor madre del mundo, pero he dialogado con mucha gente que la conocía y tengo la impresión de que Mommie dearest no es un retrato que le haga justicia. Recientemente hablé con Betty Barker, que la conoció bien porque fue su secretaria desde los años 30 hasta su muerte. Es una mujer ya anciana que no tendría motivo para no decir la verdad y me ha dicho que Joan tenía sus defectos, pero que de ningún modo maltrataba a sus hijos».
Es posible, no obstante, que una estrella de cine tan obsesionada con su propia imagen, una mujer tan extremadamente perfeccionista, empeñara todos sus esfuerzos en ocultar cualquier conducta de maltrato. Christina podrá ser también muchas cosas como, por ejemplo, una persona sin ilusiones, triste, un poco a la defensiva, pero no da la impresión de ser una persona fantasiosa o mentirosa.
«Cruel» con sus hijos. Y también cuenta con defensores. La fallecida actriz Helen Hayes, cuyo hijo jugaba con Christopher, escribió en su autobiografía que Joan era «cruel» con sus hijos y que sus contemporáneos en Hollywood estaban «enormemente preocupados» por lo que les pudiera pasar a los niños. «Habría resultado inútil que hubiéramos protestado», escribió Hayes. «Joan sólo se enfadaba con sus hijos y probablemente sólo daba rienda suelta a su cólera con ellos».
Quizás podría haber intervenido, como tantos otros, y haber pinchado la burbuja de silencio, pero Joan Crawford era una contrincante de cuidado. Christina afirma que aquella noche de hace tanto tiempo en que su madre trató de estrangularla intervino una secretaria que las separó y llamó a un funcionario de protección de menores para que acudiera a la casa. Según Christina, el funcionario explicó que no podía hacer nada; que tendría que esperar hasta cumplir los ?8 años, en que podría abandonar su casa según su voluntad. Si se recibía alguna llamada más en instancias oficiales, Christina terminaría en un centro de reclusión. «Eso me obligó a pensar de otra manera», explica, secamente. «¡Que la víctima pudiera ser castigada y el culpable quedara impune...! Eso hizo que me volviera un poco cínica».
Cínica, pero no aterrorizada. Nunca más. «Lo más gratificante de salir bien de aquello es que no tengo miedo», afirma. «Si ella entrara ahora por esa puerta le diría que no es bien recibida y que hiciera el favor de marcharse, porque eso es precisamente lo que no pude decirle de niña». El tono de su voz se ha vuelto casi inaudible y se ha quebrado; prácticamente está hablando en un susurro. Mantiene la mirada unos segundos, se levanta y se pone a trastear en la cocina. Incluso ahora, tantos años después, Christina Crawford no quiere que nadie la vea llorar.
por ELIZABETH DAY
+ 'Mommie dearest. 30th anniversary edition' (Seven Springs Press), de Christina Crawford, no está publicado en español.
[Fuente: elmundo-magazine]
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Eddie Adams
■ Eddie Adams.
{ 12-VI-1933 18-IX-2004 }
Fotógrafo.Estadounidense de cuna, ejerció su profesión durante 45 años, pero alcanzó fama por captar la instantánea en la que un coronel survietnamita ejecutaba a un oficial del Vietcong que tenía las manos atadas a la espalda. Todo ocurrió el 1 de febrero de 1968, a plena luz del día y en una calle céntrica de Saigón, durante la guerra de Vietnam. Por esta fotografía obtuvo un premio Pulitzer. Cubrió como corresponsal 13 guerras y ganó más de 500 premios periodísticos.
“El coronel asesinó al preso; yo asesiné al coronel con mi cámara”
En vivo y en directo. Secuencia del asesinato que hizo famoso a Adams.
Clint Eastwood dijo de Eddie Adams “buen disparo”, Fidel Castro le pidió “vayamos un día a cazar patos” y el Papa le anunció “tiene tres minutos”. En Vietnam, tomó una fotografía del coronel Gen Nguyen Ngoc Loan ejecutando a un prisionero del Vietcong. El fotógrafo puso en contra de la guerra a muchos estadounidenses, algo que persiguió a Loan durante el resto de su vida y que perturbó a Adams hasta el punto de considerar el rechazo del Pulitzer. “Me estaban dando dinero por mostrar cómo un hombre asesinaba a otro”, explicó. “Se habían destruido dos vidas, y a mí me estaban dando dinero a cambio”.
“De repente, sin saber de dónde, apareció el coronel Loan, el jefe de policía. Pensé que su intención era asustar al preso. Así que en cuanto sacó la pistola, disparé mi cámara. Pero resultó que no había sido el único en disparar”. Adams escribió para la revista Time: “El coronel asesinó al preso del Vietcong; yo asesiné al coronel con mi cámara”.
Adams afirmó en una entrevista: “No digo que lo que hizo fuera correcto, pero estaba luchando en medio de una guerra”.
Derrotado por la tristeza presenciada y al darse cuenta de que había perdido los mejores años de la vida de sus hijos, Adams volvió a su casa en Nueva York. “Me convertí en el fotógrafo de las estrellas. No te rompen el corazón y además pagan bien”. Por Sabina Paniagua
[Fuente: elmundo.es ]
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El pintor salvado por Schindler
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Vicente Martín y Soler
| • Biografías • |
Valencia, 1754- San Petersburgo, 1806. / BIBLIOTHÈQUE PUBLIQUE ET UNIVERSITAIRE NAUCHÂTEL
■ EN LA VIENA de finales del siglo XVIII, de Mozart y Salieri, no hubo compositor de más éxito que el valenciano Martín y Soler. Tras su muerte, su legado se diluyó. Una película con Imanol Arias tratará de rescatarlo .EL ESPAÑOL QUE ECLIPSÓ A MOZART
Viene la tarde excitada por Viena. Es 17 de noviembre de 1786 y noche de estreno en el Burgtheater, el Teatro de la Corte. El emperador, José II, famoso aficionado a la ópera, está, por supuesto, entre el público. En cartel, la ópera Una cosa rara, ossia Belleza ed Onestà, compuesta por el valenciano Vicente Martín y Soler -conocido en los ambientes musicales como Martini lo Spagnuolo- y con libreto del veneciano Lorenzo da Ponte.
La pareja viene de firmar hace unos meses la exitosa Il burbero di buon cuore, pero el ambiente está enrarecido, con algún cantante de la compañía revuelto, dicen, porque su amante mira mucho a lo Spagnuolo.
«El teatro estaba lleno de espectadores, en su mayor parte enemigos y dispuestos a silbar», recordará años después Da Ponte.
Pero... «Hallóse, empero, desde el comienzo de la representación tal gracia», prosigue el poeta veneciano, «tal dulzura, tal melodía en la música y tal novedad e interés en las palabras, que la audiencia parecía arrobada en un éxtasis de placer».
Fue un triunfo como el as de espadas, no ya esa noche, sino muchas otras. «Habríamos podido tener más aventuras amorosas de las que tuvieron todos los caballeros andantes de la Tabla Redonda en 20 años. No se hablaba sino de nosotros, no se alababa más que a nosotros. Invitaciones a paseos, comidas, cenas, partidas de campo, a pescar; billetitos almibarados, regalitos con versos enigmáticos... El españolito, a quien divertía muchísimo todo esto, se aprovechó de mil maneras...».
El pasaje está extraído de las hiperbólicas -y muy recomendables- Memorias de Da Ponte. Y con todo lo exagerado que pueda resultar, da medida del éxito que alcanzó en el último cuarto del siglo XVIII el español Vicente Martín y Soler.
Más objetivo es el juicio del musicólogo argentino Leonardo Waisman, uno de los principales estudiosos de Martín y Soler hoy: «Una cosa rara obtuvo un éxito fulminante, hasta el punto de despertar una moda de vestir "a la española" y una pequeña industria de estampas, abanicos y cadenas para relojes de bolsillo que prefigura el merchandising a la Walt Disney del siglo XX».
En la Viena de Mozart, Vicente Martín y Soler era el preferido del público, empezando por el emperador José II. Da Ponte, que también trabajó con el genio austriaco, ponía a los dos a la misma altura y por encima de todos los demás músicos instalados en Viena. Incluso el mismo Mozart reconoció su genio.
En 1787 el valenciano fue el segundo autor más representado en el Teatro de la Corte vienés sólo superado por Giovianni Paisiello. Dos años después, en 1789, Martín y Soler se consagraba como el compositor con más funciones en ese teatro, con 42 representaciones, seguido de Antonio Salieri (28) y Mozart (11).
EL OLVIDO
Aquel triunfador, sin embargo, acabó olvidado, en Austria como en España, y sólo recientemente se empieza a recuperar su nombre. Especialmente, este año, cuando se cumplen 200 de su muerte.Tanto el Instituto Valenciano de la Música como el Instituto Complutense de Ciencias Musicales llevan varios años recuperando sus partituras. Hoy mismo, en el concierto del Día de la Comunidad Valenciana en el Palau de les Arts de Valencia, se incluirá la obertura de una de sus óperas, L'isola del piacere (La isla del placer). En noviembre se celebrará en Valencia un congreso sobre él. Y, lo que seguramente servirá más para su conocimiento por el público, el año que viene se rodará una miniserie de TV sobre su vida con Imanol Arias en el papel del músico.
Desafortunadamente, como explica Giuseppe de Matteis, autor de la única biografía publicada de Martín y Soler, «sabemos muy poco de sus primeros años de vida». Apenas que entre los seis y los 15 años fue niño cantor en la catedral de Valencia, ciudad en la que había nacido en 1754. También que cuando tenía 21 años, en 1775, se estrenó en el palacio de San Ildefonso, en La Granja, su ópera Il tutore burlato.
Es a partir de 1777, año en el que llega a Nápoles con el apoyo del Príncipe de Asturias, el futuro Carlos IV, cuando se empiezan a conocer más detalles de su vida.
Bien conectado en la corte, comenzó a escribir óperas y ballets con Charles Lepicq, uno de los coreógrafos más reputados del momento. El apoyo real era absoluto. Hasta en dos ocasiones tuvo que intervenir el rey de Nápoles en su favor por varias deudas, una de las cuales le había llevado a prisión.
Martín y Soler, por su parte, llegó a invitar al monarca Fernando IV a participar en uno de los conciertos más espectaculares jamás celebrados. El 20 de julio de 1778, al aire libre, junto al puerto napolitano de Mergellina se unieron una orquesta y 20 cañones. En aquella sinfonia strepitosa, los cañones habían de ser disparados en salvas, siendo Fernando IV y el príncipe de Butera dos de los artilleros.
Pero fueron los años vieneses (1785-1788) el periodo dorado en la vida de Martín y Soler. Introducido por la mujer del embajador español, Isabel Parreño, no tardó en ganarse el favor del público austriaco.
TRIUNFADOR EN VIENA
Entonces vivía allí Mozart. «Había muy buena relación entre ellos», explica De Matteis. «Debían de tener un carácter parecido». Compartieron libretista, el vividor Da Ponte, y Mozart llegó a homenajear al español en Don Giovanni al incluir un fragmento de Una cosa rara en un momento en que los protagonistas están escuchando las melodías de éxito del momento.No hay constancia de un gesto similar de Martín y Soler, si bien Da Ponte relata en sus memorias un significativo episodio. El poeta estaba escribiendo el libreto de Las bodas de Fígaro con un encargo pendiente para el español. Martín y Soler quiso apremiarle para que le entregara su libreto, pero cuando supo que estaba con un guión para el austriaco accedió a que se retrasase, escribe Da Ponte, «por la estimación que por Mozart sentía».
En los gustos del público de la época, sin embargo, Mozart no fue rival para Martín y Soler.
«Sin duda», opina Waisman, «el austriaco es musicalmente más sutil y más complejo, más profundo que el español. Pero en la Viena en la que compitieron, Martín y Soler satisfizo las necesidades del público mucho mejor que Mozart. Su producción estaba dirigida a la multitud de amateurs mientras que la de Mozart atraía más a los escasos conocedores. En vista de los destinatarios de su arte, las óperas de Martín y Soler son poco menos que perfectas».
En el momento álgido de su carrera, tras los éxitos de Una cosa rara y su siguiente ópera, L'arbore di Diana, Martín y Soler recibió una de las distinciones más elevadas que podía recibir un compositor de la época: ser nombrado compositor de corte de la zarina Catalina II.
Con un sueldo de 30.000 rublos marchó a San Petersburgo en 1788. La acogida fue espectacular, pero lentamente, y sobre todo tras la muerte de Catalina, en 1796, su estrella comenzó a declinar. Pasó por Londres y volvió a Rusia, donde terminó dedicado a la enseñanza.
Mujeriego impenitente, se había casado muy joven con la cantante Olivia Masini. Tuvo un hijo, Federico, que hizo carrera como pianista en Rusia. Tuvo cierto éxito, aunque nunca como el padre.
Vicente Martín y Soler murió en San Petersburgo el 30 de enero de 1806 de una fiebre pituitaria catarral. Un deslucido broche para una vida deslumbrante.
VICTOR RODRIGUEZ
LAS CLAVES
Niño cantor.
Nacido en Valencia, Vicente Martín y Soler cantó nueve años en el coro de la catedral valenciana. Cuando tenía 21 años una ópera suya, «Il tutore burlato» triunfó en palacio. El Príncipe de Asturias, el futuro Carlos IV, lo nombró maestro de capilla.Protegido real.
Llegó a Nápoles protegido por los Borbones. Allí compuso varias óperas y ballets con el mejor coreógrafo de su tiempo, Charles Lepicq. Tras triunfar en Nápoles se trasladó a Venecia y Turín, donde repitió éxitos.Amigos y rivales.
En Viena compuso sus mayores éxitos operísticos con Lorenzo Da Ponte como libretista. Fue amigo de Mozart, quien demostró su admiración hacia el español al incluir un fragmento de «Una cosa rara» en su ópera «Don Giovanni». Es una parte en la que los protagonistas escuchan la música de éxito de la época y, junto a la del español, Mozart eligió una melodía suya propia y otra de Giuseppe Sarti. La música de Martín y Soler gozó de más aceptación que la más sofisticada de Mozart.Catalina la Grande.
Martín y Soler acabó sus días en Rusia, adonde llegó de la mano de la zarina Catalina II. Algunos sugieren que llegaron a ser amantes. El músico compuso dos óperas con libreto de la emperatriz. Tras años en Rusia, viajó unos meses a Londres, donde volvió a trabajar con Da Ponte. La relación entre ambos se enfrió, sin embargo, por un asunto de faldas y Martín y Soler regresó a San Petersburgo. Allí terminó como profesor de música en el instituto de Smolna para las hijas de la aristocracia.
[Fuente: 20minutos.es]
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El último vuelo del Barón Rojo
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■ Manfred von Richthofen fue el prototipo de héroe y caballero. Letal como contrincante y noble con el enemigo, el aviador más audaz de la Primera Guerra Mundial se convirtió en un mito viviente antes de caer derribado por una sola bala que, 90 años después, continúa sin saberse quién disparó. XLSemanal recupera su historia.
Inicialmente, los aparatos y métodos de aviación eran bastante rudimentarios. El Barón Rojo solía volar con su perro, Moritz, a quien llamaba su «observador».
Una guerra `aristocrática´
Hoy, la Primera Gran Guerra que aconteció en el aire más parecería una competición deportiva que un conflicto armado. El propio Richthofen narra cómo tras el primer combate de una mañana, él y su hermano aterrizan para desayunar con su padre, quien, lleno de orgullo, escucha cómo a esas horas ya han derribado a un par de británicos. Tras éste vuelven a despegar. De hecho, las neonatas fuerzas aéreas, compuestas por la aristocracía de la época, sólo luchaban por la mañana –cazar un ‘trofeo’ del derribado era otra práctica común–, mientras que las tardes las dedicaban al asueto en sus exclusivos clubs. En la imagen, una réplica del Fokker Dr. I, el último triplano del Barón Rojo.
¿Qué pudo hacer que uno de los oficiales más letales de la Primera Guerra Mundial fuese enterrado con todos los honores por sus propios enemigos? Se llamaba Manfred von Richthofen, aunque pasaría a la historia como el Barón Rojo, el aviador más temible de todos los tiempos y uno de los últimos gentleman de una guerra –la que se produjo en el aire– de tintes caballerescos y cuasi ‘románticos’. Y es que, tal vez, las crónicas aún no habían reparado en que este conflicto sería la primera gran contienda contra civiles de la historia –que dejaría más de 12 millones de muertos–, y curiosos términos como ‘ética’ u ‘honorabilidad’ eran férreos códigos grabados a fuego en un mundo que hoy resultaría difícil de entender: el de los militares provenientes de la vieja nobleza europea que copaban las recién creadas fuerzas aéreas. No en vano aquellos primeros pilotos eran la viva estampa del tipo histórico de caballero medieval; una suerte de ‘héroes’ envidiados por sus camaradas del Ejército y la Marina.
Así, en su jovencísima autobiografía, el Barón Rojo dejó escritas algunas pistas de por qué, por ejemplo, el Ejército australiano –que estaba en su bando contrario– dispararía salvas durante su funeral: «Por un rasgo de humanidad para con mi enemigo, decidí obligarlo sólo al descenso y no a la caída. Entonces, el miserable me dijo que antes había probado a disparar sobre mí. Le pedí perdón por haberlo derribado, lo aceptó, y así fue como le devolví su deslealtad».
UN OFICIAL Y `HONORABLE´ CABALLERO
El Barón Rojo fue el paradigma de gentleman de la guerra. En septiembre de 1916 derribaba, como él mismo definiría, a su «primer inglés». Acerca de esta ‘hazaña’ escribirá: «En memoria de mi enemigo, muerto en defensa de la patria, hice colocar sobre su tumba una lápida». Acaso lo cortés no quitaba lo valiente.
En 1915, el curso de la guerra había detenido el avance alemán en las afueras de París y un inquieto teniente del primer regimiento de Ulanos –la caballería germana que realizaba las labores de reconocimiento–, llamado Richthofen y de apenas 22 años, pidió el traslado al Servicio Aéreo ante la perspectiva de quedarse sin acción en una unidad condenada a desaparecer por la incipiente aparición de esos ‘pájaros de hierro’; su objetivo, convertirse en ‘observador’. Este papel –de copiloto– ejercía una doble función: no sólo debía localizar objetivos; en aquellos inicios, los aviones –carentes aún de ametralladoras– se batían en una especie de cuerpo a cuerpo, ¡fusil en mano! Aquel torpe observador llamado Richthofen, que describiría sentirse «un desgraciado» tras su primer vuelo, acabaría con su primer avión enemigo armado con una escopeta y, con el tiempo, derribaría otros 80 aparatos. Curiosamente, aquella primera victoria jamás sería contabilizada, ya que la rígida normativa alemana no computaba los aviones caídos detrás de las líneas enemigas.
La leyenda había comenzado. Si su padre había sido un laureado militar que decidiría su vocación –a los 11 años el imberbe Richthofen ingresaba en una escuela para cadetes–, su tío –cazador– imbuiría en él la pasión por una disciplina que marcaría definitivamente el resto de su carrera. Prueba de ello, la descripción que hará de un combate: «El muy ladino tuvo el cinismo de agitar alegremente la mano desde su aparato, como si quisiera decir: Well, well, how do you do? Cayó a unos 50 metros de nuestras líneas, habiendo recibido un balazo en la cabeza. Su ametralladora se clavó en tierra y ahora adorna como trofeo la puerta de mi casa». El ‘ladino’ en cuestión era ni más ni menos que el temido comandante Hawker, el más audaz de los aviadores del Ejército británico.
EL ETERNO ENIGMA
Roy Brown (en la foto) iba a ‘perdurar’ como el autor del disparo que mató al Barón Rojo, pero luego se añadió otro nombre: el del soldado de Infantería Evans. Quién lo hizo nunca se aclaró.
Pero todo eso ocurriría mucho después del casual encuentro que mantendría con el entonces as de los pilotos de caza alemanes, Oswald Boelcke, a quien idolatraba y en cuya escuadrilla –la Jagdstaffel 2 o Jasta– acabaría volando cuando éste dio en buscar nuevos talentos. Y es que el ‘depredador’ que Richthofen llevaba dentro –frustrado por su poco éxito como observador– había vislumbrado que los nuevos aviones Fokker monoplaza eran una buena plataforma para instalar un arma y había decidido hacerse piloto. Así, el 17 de septiembre de 1916 realizaba su primer vuelo en la Jasta y, también, su primera victoria ‘acreditada’ (un año antes, recién licenciado y a bordo de la 2.ª Escuadrilla de Caza, había derribado su segunda pieza, otra vez, detrás de las líneas enemigas).
Sin embargo, el Barón Rojo no nacería hasta el 28 de octubre siguiente, cuando un accidente haría caer al todopoderoso Boelcke, dejando a Richthofen como su sucesor natural cuando éste contaba con su octavo derribo. Y en este punto se da otra de las paradojas de su particular currículum: el ambicioso Richthofen esperaba recibir la tan ansiada Pour Le Mérite –la más alta condecoración alemana al valor– después de su novena victoria, pero el criterio de adjudicación había cambiado y ahora eran necesarias 16 victorias, y no nueve, para conseguirla.
Es en esta época cuando Richthofen decide pintar su avión de rojo. El afán de notoriedad parece innegable, aunque también es cierto que su creciente fama –que ya siempre vendría precedida por el color de su aparato– provocaba en el adversario un efecto psicológico de temor y respeto. En su autobiografía, rememora una conversación con un británico a quien ha hecho prisionero: «En su escuadrilla se había extendido la historia de que el aparato rojo era pilotado por una muchacha, algo así como una Juana de Arco; cuando yo le dije que la muchacha se hallaba en aquel momento ante él, se quedó de una pieza, pero no se lo quiso creer». Lo cierto es que, ya en vida, él mismo se había convertido en un mito. El 12 de enero de 1917 era galardonado con la Blue Max y dos días después nombrado comandante de la Jagdstaffel 11.
UN NAZI ENTRE SUS FILAS
Hermann Göring (en la imagen) asumiría el mando del Escuadrón Richthofen antes de ascender a general de la Luftwaffe y convertirse en lugarteniente de Hitler. Un mes antes de morir, el Barón Rojo también había reclutado a su primo Wolfram, quien sería el jefe de Estado Mayor de la Legión Cóndor y, como tal, responsable del bombardeo de Guernica.
Por el contrario, no sería hasta la primavera de ese mismo año cuando alcanzaría la cima de su celebridad en lo que los ingleses dieron en llamar Bloody April (Abril Sangriento); en un mes abatía 21 aparatos enemigos elevando a 52 el total de sus derribos. Boelcke había muerto con 40 victorias. Nacía, entonces, la ‘Escuadrilla Anti-Richthofen’. «Tras advertir que habíamos pintado de rojo todos los aparatos, se les ocurrió la feliz idea de cogerme o derribarme. Habían organizado una escuadrilla que volaba exclusivamente en el lugar donde operábamos. Me agradó sobremanera, pues es preferible que los ‘amigos’ vengan a mí, a tener yo que ir a por ellos», ‘esclarece’. Una autobiografía escrita, por cierto, cuando el Ejército alemán –consciente de que el Barón Rojo era ya su mejor valor propagandístico y no quería arriesgarlo– le ordena descansar. Al mando queda su hermano Lothar.
«Depende mucho del enemigo; o los franceses o los valientes ingleses; yo prefiero a los ingleses. A los franceses siempre les gustó atacar por retaguardia. Al inglés se le nota aún su sangre germana [...], les gusta con exceso hacer loopings, equilibrios, volar cabeza abajo y otras martingalas de esta especie. Todo esto impresionaría seguramente en un concurso de aviación, pero al público de las trincheras no les causa la menor impresión y ni siquiera le entretiene. Este público pide algo más: que lluevan continuamente aviadores ingleses», prosigue en sus memorias. Concluidas éstas y reincorporado al frente un mes más tarde, dirigiría la famosa Jagdgeschwader (Ala de Caza 1), una fusión de varias escuadrillas que sería conocida como el ‘Circo Volante’. Pero, tal vez como advertencia del destino, ése mismo mes de julio sería herido en acción; a partir de entonces sufrirá fuertes jaquecas y su carácter se tornará más reservado. La muerte le obsesiona, está cansado de batallar, es 20 abril de 1918, ya van 80 victorias. Pero no acata las órdenes de que se retire. Tal vez ansioso por conseguir su 81.ª victoria, un día después, en la mañana del día 21, el Barón Rojo decide violar uno de sus principios adentrándose en las líneas enemigas para abatir un Sopwith Camel británico al que persigue. La acción se sitúa al norte de Francia. El capitán Arthur Roy Brown lo sigue de cerca, por retaguardia, y comienza a disparar, al tiempo que una batería antiaérea australiana hace lo propio; 15 minutos después de despegar, el Barón Rojo cae por el efecto de una sola bala que, hoy, continúa sin saberse quién disparó. «¡Quién sabe qué utilizaremos dentro de poco para desplazarnos por el azulado éter!», se había formulado en alguna ocasión. Nunca lo sabría. Al día siguiente, el 22 de abril, sería enterrado por el Ejército aliado con todos los honores militares. «Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor», escribirían sobre su lápida. Tenía 25 años; siete meses después llegaría el armisticio.
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[Fuente: xlsemanal]
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Fali
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Etiquetas: Biografías


