Feliz Navidad

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Aquellos primeros anuncios

   ♦       Sección:   CURIOSIDADES       ♦  


  ¡Qué tiempos! Tras la derrota del nazismo, las chicas “topolino” se convirtieron en el reflejo edulcorado.machismo. Incluso en los inocentes anuncios sobre remedios para el dolor de cabeza se transmite un mensaje que hoy resultaría inaceptable: la familia siempre supeditada al padre.

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ué tiempos! Tras la derrota del nazismo, las chicas “topolino” se convirtieron en el reflejo edulcorado.machismo. Incluso en los inocentes anuncios sobre remedios para el dolor de cabeza se transmite un mensaje que hoy resultaría inaceptable: la familia siempre supeditada al padre.

    

EL ÁLBUM

Describen cómo éramos, qué ambicionábamos y todo aquello de lo que carecíamos. Pero también tuvieron una misión propagandística y sexista, tal y como recuerda ahora una exposición. El franquismo utilizó la publicidad de los años 40 y 50 para «educar» en los principios del régimen.

Una superestructura de himnos y homilías se cernía sobre la penuria de los 40 como una nube. El luto, el frío y el hambre se anestesiaban con la cínica comicidad de las variedades, los sermones del padre Venancio Marcos, El Coyote de Mallorquí, las coplas de Concha Piquer o las zambras cachondas que Manolo Caracol le cantaba a una gitana adolescente. La propaganda política ocultaba la miseria bajo la alfombra de la censura y la publicidad era su prolongación; los anuncios incorporaban y multiplicaban los lemas de la dictadura. Susana Sueiro, comisaria de la exposición La sociedad española de los años 40 y 50 a través de la publicidad, ha documentado que «el manejo de la fraseología de los vencedores por parte de las casas comerciales fue habitual en los primeros años del franquismo».

Era un tiempo esquizoide en el que la cartilla de racionamiento convivía con una megalomanía delirante: «Como en España ni hablá / y eso lo digo en la China y en Madagascá», cantaba Miguel Ligero. Tal vez pensara en las herrumbrosas lanzas del Imperio. Un vino de González Byass se llamaba Imperial Toledo, vino de héroes; la agencia de publicidad que creó muchos de los anuncios de la época se llamaba también Imperio, como algunas marcas de corsetería, zapatos o tintes, que eran el eco publicitario de una propaganda ubicua: «Por el Imperio hacia Dios». El Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona convocó a multitudes devotas, entregadas a confesiones y comuniones, adoraciones, consagraciones y viáticos en un desvarío clerical que los más descreídos bautizaron como «la Olimpiada de la Hostia». Era una España ensotanada o marcial, grandilocuente y famélica, pero no abstemia. El anís Viva España competía con el Bandera Española. Para engañar el hambre y espantar la pena la gente se daba a la bebida. Mezclados, el coñac y el anís daban el sol y sombra, cóctel patrio. En un país escindido entre vencedores y vencidos, el sol y sombra proponía la concordia. El coñac exaltaba viejas glorias (Lepanto, Cardenal Mendoza, Carlos Primero, Duque de Alba, Gran Capitán), mientras el anís reivindicaba el terruño (Chinchón, Ojén, La Asturiana, La Castellana).

Años 50. España salía de la penuria y la cartilla de racionamiento se suprimió en 1952. Los aliados de EEUU comenzamos a imitar su estilo de vida y aparecen nuevos productos de consumo.

Años 50.

España salía de la penuria y la cartilla de racionamiento se suprimió en 1952. Los aliados de EEUU comenzamos a imitar su estilo de vida y aparecen nuevos productos de consumo.

La publicidad decía que beber alcohol era estupendo para sentirse bien y el tabaco proponía una embriaguez seca. Una cajetilla de rubio americano costaba en los años 40 cinco pesetas en el mercado negro, cuando un periódico costaba 15 céntimos. Los protagonistas de la publicidad son flechas y pelayos, militares o burgueses engominados que lo mismo anuncian polvos de talco que flanes, achicoria o malta. Tiempo de sucedáneos. Y de parásitos: en una sola página de un diario podían coincidir anuncios contra la tiña, los eczemas, los forúnculos y otras supuraciones.

También era frecuente cruzarse con mutilados y los productos ortopédicos se anunciaban profusamente, como la famosa «pierna artificial Ortoprot, enteramente nacional». La miseria empujó a legiones de mujeres a las esquinas o a los burdeles y las venéreas causaron estragos. En 1940, en un anuncio de Aceite Inglés con el lema «todos saben para lo que es», aparecía una gran flecha que señalaba a un bicho con aspecto de ladilla.

Salud pública. La falta de higiene convirtió la salud en tema estrella de los anuncios.

Salud pública.

La falta de higiene convirtió la salud en tema estrella de los anuncios.

La lujuria se combatía con homilías en los púlpitos, admoniciones en el confesionario y la vuelta a los corsés, corpiños, calzones, pololos y ballenas en una apoteosis de la disuasión. A los hombres, sin embargo, las hojas de afeitar y la brillantina les aseguraban el derecho a ser un Clark Gable de 1,58 (la talla media de los varones) los domingos y fiestas de guardar.

Epidemia de tifus. A juzgar por la cantidad de anuncios de antiparasitarios para exterminar ratas, chinches o cucarachas, el país parecía el paraíso de las liendres y el piojo verde, que anidaba en las ropas y provocó una grave epidemia de tifus exantemático. No hubo tratamiento eficaz hasta la llegada del DDT: «DDT Chas, DDT Chas, no hay quien te aguante, tú como el gas, la muertes das, en un instante». Era una España en la que era fácil morir y un milagro sobrevivir sin reconstituyentes como el Fósforo Ferrero, que servía también para las alteraciones nerviosas. No faltaban motivos para estar de los nervios, porque el salario era escaso, los recuerdos traumáticos, la libertad condicional y la dieta o azarosa o rutinaria, falta de fibra y escasamente digestiva, de ahí tanto anuncio de purgantes y laxantes que, a falta de otra cosa, se anunciaban también como postre o golosina. La lista es larga: Rodher, Yer, Laxante Salud, Laxibero...

una gran responsabilidad... En los 40, la altura media de los varones era de 1,58 m. Tener hijos sanos era un deber y se bombardeaba a las madres con harinas milagrosas, eso sí, nacionales.

una gran responsabilidad...

En los 40, la altura media de los varones era de 1,58 m. Tener hijos sanos era un deber y se bombardeaba a las madres con harinas milagrosas, eso sí, nacionales.

La Guerra Fría le vino bien al franquismo, se reivindicó como centinela de Occidente y los americanos nos trajeron chicle, salsa de tomate que llamaban ketchup y tubos fluorescentes. Las cafeterías empezaron a llamarse California o Nebraska y el novelista popular Alfredo Manzanares firmaba como Alf Manz. También llegaron el far-west y los anuncios de líneas aéreas. Ser español era en los 40 y 50 una tragedia camuflada entre anuncios.

La exposición «La sociedad española de los años 40 y 50 a través de la publicidad» estará abierta desde el 16 de abril hasta el 20 de mayo en el Círculo de Bellas Artes, en Madrid.

Contra la tos... Las restricciones en el suministro eléctrico y la dureza de la intemperie producían tosferina, anginas y ronquera.

Contra la tos...

Las restricciones en el suministro eléctrico y la dureza de la intemperie producían tosferina, anginas y ronquera.

  • ¡Qué tiempos! Tras la derrota del nazismo, las chicas «topolino» se convirtieron en el reflejo edulcorado de un régimen que empezaba a renegar de la autarquía y del delirio imperial para abrirse al mundo. Tras la llegada de Eisenhower en 1959, llegaron también los primeros electrodomésticos, fundamentalmente lavadoras, tal y como se comprueba en los dos anuncios de la página anterior. Eso sí, los «buenos libros» sólo eran los religiosos, los que biografiaban a Franco o los que denostaban el comunismo y defendían la Hispanidad.
  • Machismo. Incluso en los inocentes anuncios sobre remedios para el dolor de cabeza se transmite un mensaje que hoy resultaría inaceptable: la familia siempre estará supeditada a las necesidades del padre.
  • ¿Genialidad? La exaltación del genio hispano promovió todo tipo de inventos, aunque algunos de ellos parecían inspirados en el TBO. Como este casco para motoristas con luces incorporadas.
  • Salud pública. La falta de higiene convirtió la salud en tema estrella de los anuncios. Decenas de productos competían por hacerse con el favor del público. Otros denostaban el inocente chupete.
  • Una gran responsabilidad... En los 40, la altura media de los varones era de 1,58 m. Tener hijos sanos era un deber y se bombardeaba a las madres con harinas milagrosas, eso sí, nacionales.
  • Contra la tos... Las restricciones en el suministro eléctrico y la dureza de la intemperie producían tosferina, anginas y ronquera. Así que para evitar resfriados, nada mejor que las pastillas Koki...
  • Años 50. España salía de la penuria y la cartilla de racionamiento se suprimió en 1952. Los aliados de EEUU comenzamos a imitar su estilo de vida y aparecen nuevos productos de consumo.
  • Nacionalismo. El culto a lo español lo inundaba todo. Así que incluso para vender dentífricos se recurría a la bandera española o a algo tan nuestro como la Giralda de Sevilla. Puro orgullo nacional.
  • Publicidad institucional. Aunque la huelga era un delito de sedición, los conflictos laborales provocados por los bajos salarios animaron al régimen a aprobar algunas reivindicaciones obreras.
  • Alcohol. España pasaba hambre, pero no era abstemia. La publicidad decía que el alcohol era estupendo para sentirse bien y beber era más barato que comer. El anís era una de las bebidas preferidas.

     Por Gonzalo Ugidos

  • [Fuente: elmundo.es ]

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    Primer "turista" en Irán

       ♦       Sección:   CURIOSIDADES       ♦  


      [foto de la noticia]

      ◄ ¡ Artículo un tanto prolijo, pero no por ello, deja de ser muy interesante ! ◄ 

    ■ Con dos mudas, un salacot y sin armas. así viajó por todo el oriente hace 150 años el madrileño adolfo rivadeneyra. Diplomático y arqueólogo, se introdujo en la antigua persia y participó en el expolio de obras de arte. escribió dos emocionantes diarios de sus aventuras. ahora se reedita su crónica más intensa, «Viaje al interior de Persia».

    Es como una maldición. Vidas cuya memoria merece yacer en el mayor de los olvidos prevalecen sobre otras valiosas que, de puntillas, trazan nuestra Historia. Imaginen recorrer la ribera del Tigris y el Éufrates y, en lugar de la abominable huella de la guerra de Irak, toparse con los restos casi intactos de Babilonia o Nínive. O cruzar de norte a sur lo que hoy es Irán, ajeno a la globalización y la crudeza islamista. Este viaje lo hizo un español, casi desconocido, hace 140 años.

      Aventurero inquieto. Rivadeneyra, en una imagen del siglo XIX.

    Aventurero inquieto. Rivadeneyra, en una imagen del siglo XIX.

    No es exagerado presentar al madrileño Adolfo Rivadeneyra (1841-1881) como el primer aventurero consciente de la historia contemporánea de España. Podría pasar también por el primer turista español en Oriente, si no fuera porque sus viajes albergaban un afán científico… y otros objetivos: nada menos que explorar las posibilidades comerciales e incluso coloniales de España en el Medio Oriente, especialmente en Persia. También fue arqueólogo.

    Él mismo financió la publicación de Viaje al interior de Persia (1880). Esta crónica de su experiencia personal –un manual para las guías de viaje modernas– condensa un año de aventuras por Irán (1874-1875). Por primera vez, casi ?30 años más tarde, se reedita en España su periplo por el país de los persas, toda una joya de la literatura europea de viajes.

    Su padre, Manuel, un editor liberal y audaz emprendedor, le influyó. Y mucho. Se jugó su fortuna y marchó a Chile –allí, en su capital, nació Adolfo– para financiar su sueño: editar los 7? volúmenes de los clásicos que forman la Biblioteca de Autores Españoles, empresa que luego concluirían su hijo junto a su cuñado Joaquín Pi y Margall.

    Adolfo fue educado en lenguas extranjeras, estudió en Alemania, Inglaterra, Bélgica y Francia, y, a los 21 años, dominaba cinco idiomas vivos y hasta latín (llegó a manejar 11, entre lenguas y dialectos). A esa edad marchó al Líbano como "joven de lenguas" junto a otros jóvenes aprendices de diplomático, en lo que se considera un amago del Gobierno de la reina Isabel II por reavivar la maltrecha y errática política exterior de mediados del siglo XIX.

    [foto de la noticia]

    Por sus manos pasaron un buen número de piezas de la colección –modesta– de Mesopotamia y Persia que guarda nuestro Museo Arqueológico Nacional, a quien las vendió o cedió. Y no son muchas más las colecciones orientalistas que existen en España.

    Escritor compulsivo. Nunca paró de escribir. Influido por diplomáticos como Bernal de O’Reilly, desde sus primeros años a caballo entre Beirut y Jerusalén viajó por toda la costa libanesa, Siria y la Turquía asiática. Además de los informes oficiales que reportó, dedicó numerosas cartas a sus padres, amigos y contactos en España sobre sus encuentros en el país de los drusos, Sidón o durante su visita al Mar Muerto al que, tras un fangoso baño, describió como "indigno de ser abrevadero de serpientes". Fue el primer español y el segundo europeo no musulmán –tras el Príncipe de Gales– en visitar la Mezquita de Hebrón (Israel), donde está enterrado el profeta Abraham. Aunque con más discreción que el aristócrata inglés, a quien las autoridades turcas dieron 650 hombres y cuatro cañones para sofocar las iras de los musulmanes porque no le dejaban pasar. Y poco después, en ?869, con la verdiana ópera Aida de fondo y junto a la emperatriz francesa (de Carabanchel) Eugenia de Montijo, asistió a la inauguración del Canal de Suez.

    En Oriente Medio aprendió árabe a la perfección, ya que nada más llegar a Beirut se había internado en el monasterio de Ain-Warka. En ?868, le destinaron a la isla de Ceilán (actual Sri Lanka), como vicecónsul en Colombo. Tras un año en la isla índica, en el verano de 1869 recibe una orden de traslado al viceconsulado en Damasco, periplo que da origen a su primera gran obra, De Ceilán a Damasco (Madrid, 1871). Era su oportunidad para ver de cerca Mesopotamia y, por eso, en lugar de enfilar el camino más corto –en barco y por el Mar Rojo–, salta durante un mes de Bombay a Basora, Bagdad, Mosul... hasta alcanzar Siria. "A falta de leña, hay aquí un betún sólido y líquido, y manantiales de nafta y petróleo en todos los afluentes del Tigris y en los montes de Hamrin, que se extienden hasta Mosul. La construcción de un ferrocarril ofrece pocas dificultades", afirma a su paso por Bagdad. Allá donde va se presenta ante las autoridades y toma nota de las actividades comerciales y de quien representa a las potencias europeas. A la salida de Bagdad pone rumbo a Babilonia. Allí se topa con grandes moles de adobe e inscripciones en lengua cuneiforme. "Vi a cinco hombres ocupados en sacar materiales para la construcción de una casa en Hileh e, imitándolos yo, coloqué con gran cuidado en mis alforjas dos ladrillos de los mejor conservados que hallé a mano". Las tabillas sustraídas por Rivadeneyra –y que hablan del rey babilonio Nabucodonosor– fueron traducidas en Madrid por uno de los personajes más singulares de la época, el filólogo Francisco Ayuso, que había montado una academia de idiomas donde se podía estudiar asirio y sánscrito.

     Culto al diablo. Más allá de Mosul se topa con los Adoradores del Diablo –una secta que imploraba la bondad del demonio "porque de la de Dios ya están seguros"–, y alcanza la mítica Nínive, germen del imperio asirio, donde presencia las destructivas excavaciones arqueológicas inglesas realizadas por Botta y Layard dos décadas atrás. Encuentra grandes esculturas, bajorrelieves y figuras de alabastro "que descubrió haría dos meses el secretario del gobernador general de Bagdad".

    Turista de excepción, Rivadeneyra tuvo el privilegio de ver in situ lo que millones de visitantes han contemplado en el Museo Británico, en el Louvre o en el de Pérgamo, en Berlín.

    En abril de 1874 llega a Irán en calidad de vicecónsul. Tres meses después comienza su gran aventura, de la que resultaría el libro Viaje al interior de Persia. Pulcramente, anota precios, clima, costumbres, contactos mercantiles... Todo cuanto un comerciante debía saber. Llega a Teherán desde Bakú (hoy Azerbaiyán) y emboca su primera etapa: Shavá. Recopila cuentos, estudia y transcribe inscripciones cuneiformes, entrevista a gobernadores, militares, viajantes y hasta a un joven sirviente del sha Nars ed Din –que tenía 52 mujeres–, expulsado del harén y conocedor de todos los detalles de palacio.

    Describe fábricas y minas, conoce poetas y una secta de devotos gimnastas, y hasta le confunden con un comerciante de biblias. El destino le cruzó con diplomáticos extranjeros que o bien él conocía o conocían a su padre. Fue testigo de las negociaciones –más bien de sus maquinaciones e intrigas– de alemanes y rusos para llevar el ferrocarril desde el Cáucaso, lo que permitiría explotar los yacimientos del interior de Persia. El 5 de junio de 1875 alcanza las ruinas de Persépolis, cerca de Shiraz, al este del país. En Pasagarda conoce la tumba de Ciro, el gran monarca persa del siglo VI a.C. Ya cansado y con fiebres, tras semanas cruzando el desierto, inicia su regreso a Teherán. Había pasado un año.

    Desidia española. A mediados del siglo XIX, España sólo se miraba a sí misma. Mientras otras potencias europeas tomaban posiciones coloniales en el mundo, nuestro país parecía carente de ambición exterior. Rivadeneyra sirve a Isabel II, al Gobierno Provisional (1868-1871), a la dinastía del eventual Amadeo de Saboya, la Primera República española (1873-1874) y al Rey Alfonso XII. Además sufre en sus carnes la destitución por ser "cesante", figura típica de la función pública del siglo XIX. El conservadurismo de algunos gobiernos españoles cortó a menudo las alas de los agentes más inquietos del Estado. La apuesta de Persia es un buen ejemplo de esa dubitativa política, pues fue concebida por el Gobierno Provisional, llevada a cabo por la Primera República y suspendida con la Restauración monárquica en 1875. Al final, fue Italia quien se apoderó de los puntos comerciales ambicionados por España.

    [foto de la noticia]

    La misión de Rivadeneyra incluía también el estudio de un lugar en el Golfo Pérsico donde situar una base española, un enclave importante para el abastecimiento de la flota rumbo a Filipinas. Sin embargo, este proyecto, tomado y abandonado a lo largo del siglo XIX, fue finalmente desechado. De nuevo fueron los italianos quienes ocuparon uno de los lugares previstos por la diplomacia española. Adolfo Rivadeneyra es digno continuador de la saga de soldados, diplomáticos, misioneros, inquietos eruditos y aventureros españoles. Ruy González de Clavijo, en el siglo XV, viajó en busca de Tamerlán (Asia central) y describió Samarcanda; en el XVI, García de Silva y Figueroa descubrió para el mundo occidental Persépolis e identificó la escritura cuneiforme como una lengua escrita, no como ornamental; y Domingo Badía, a primeros del XIX, fue el primer no musulmán en entrar en La Meca, detallándola y dibujándola, inspirando al aventurero Richard Burton.

    En una época en la que las Sociedades Geográficas europeas exploraban África y Asia como paso previo al colonialismo, sólo personajes como Abargues de Sostén en Abisinia, o el africanista Iraider intentaron seguir este esfuerzo. Rivadeneyra fue el primer secretario y conferenciante de la Sociedad Geográfica de Madrid, la más importante surgida en España. Nació en ?876, con retraso con respecto a las europeas, y sólo logró financiar una expedición a Abisinia (actuales Etiopía y Eritrea) con el apoyo de Alfonso XII, aunque cumplió un papel muy importante en la recuperación de textos olvidados en nuestras bibliotecas.

    Malogrado. Rivadeneyra regresa de Irán y permanece tres años en Madrid hasta que en 1878 accede al puesto de cónsul en el puerto marroquí de Mogador (Essaouira), donde sólo permanece un año. De no ser por su temprana muerte en 1881 –seguramente a causa de un aneurisma en la vena aorta–, sin duda hoy figuraría como el primer arqueólogo orientalista español. Además de relatos de viajes e informes comerciales, sus libros son estudios históricos, pues describen yacimientos y restos arqueológicos y aportan transcripciones y traducciones de inscripciones (gracias también al filólogo Francisco García Ayuso)... A los 40 años su ansia de conocimiento sólo estaba empezando.

    + "Viaje al interior de Persia" (Miraguano Ediciones), de Adolfo Rivadeneyra, ya está a la venta.

    Salvado por hablar árabe
    Rivadeneyra, a diferencia de otros europeos, se movía sin armas de fuego y rara vez con escolta. Rehusaba utilizar su condición oficial para allanar las dificultades. Eligió la ruta más sugerente, desde el punto de vista arqueológico y antropológico, para viajar. Ni en Irak ni en Irán llevaba apenas equipaje: "Consta de una cama, dos mudas, un traje para presentarme a las autoridades, calzón de paño, chaleco con mangas de lana, chaquetón, capote forrado de pieles, gorro, y salacó o sombrero de 'timsim', pues he de sufrir gran variedad de temperaturas", describió.

    En su periplo por Irak, llevó consigo también las obras de Herodoto en un tomo y 200 libras esterlinas ceñidas al cuerpo. El árabe y el turco que dominaba le salvaron en algún altercado al recitar versos de "'Las mil y una noches', con los que arranqué unánime un aplauso". A caballo, a pie, en barco, en tren... Probaba todos los medios de transporte.

    Degustaba cuanto alimento nuevo se le cruzaba y se valía de asistentes para preguntar a los naturales 13 cuestiones fijas sobre "vientos periódicos", "enfermedades más comunes", etcétera.

    Allá donde caía se presentaba como representante del Gobierno español o comerciante, aunque "a oídos del tátar, sonara como chino o japonés, pues en estos países se cree que Europa está compuesta únicamente por franceses, ingleses y rusos".

     por FERNANDO ESCRIBANO y JOSE F. LEAL

    [Fuente:  elmundo.es]

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    Ken Follet, un día en su vida

    •   Curiosidades   •

     Inglés convencional. Con camiseta sin mangas, Follet, de 59 años, se toma una cerveza en el bar Smithy’s, cerca del local de Charing Cross (Londres) donde ensaya con su banda de música.

     

         

    ■ Inglés convencional. Con camiseta sin mangas, Follet, de 59 años, se toma una cerveza en el bar Smithy’s, cerca del local de Charing Cross (Londres) donde ensaya con su banda de música.

    El escritor extravagante. la periodista sigue sus pasos por Londres y descubre a un personaje aficionado a los trajes de 6.000 euros, el metro y a tocar en un grupo de rock. la cerveza es otra de las aficiones de quien lleva vendidos 1,4 millones de ejemplares de "Un mundo sin fin".

    –¿Qué le parece?

    -Impresionante.

    Ken Follet se pasea por el entarimado de la sastrería de lujo Spencer Hart, en el centro londinense de la alta costura masculina, Savile Row, la calle que abastece, desde hace más de dos siglos, los armarios de la realeza británica. Da unos pasos hacia atrás, frente al gran espejo enmarcado en gruesa madera blanca, donde otras veces se contemplan Robbie Williams, David Bowie, Tommy Hilfiger, decenas de artistas, nobles, millonarios y aspirantes. Dos dependientes ajustan con alfileres el traje negro de mohair y lana que Follet va a comprarse.

    –Estoy fantástico. Si Jenniffer Aniston me hubiera visto así, hubiera dejado mucho antes a Brad Pitt.

    –Puede, pero esa corbata que lleva no pega nada.

    Mientras Follet supera el desconcierto, los empleados escogen una nueva prenda. Cortesía de la casa, anuncian, después de hacer desaparecer 1.500 libras de la tarjeta de crédito de Ken. Una minucia en una sastrería donde el traje a medida cuesta más de 6.000 euros. Nada para el hombre que se va a embolsar más de 33 millones de euros en concepto de adelantos por su próxima trilogía, que redactará en siete años. "Disfruto gastándome el dinero, lo hago bastante bien", matiza. Unas veces es en trajes: "Color azul marino para las entrevistas, negro para las cenas y gris para las tardes". Otras veces, en coches. "Una vez me compré un Bentley rojo de 190.000 libras, hará unos 12 años. Un coche terrible. El motor hacía unos ruidos espantosos todas las mañanas al arrancar. Tuve que comprar otro a los seis meses y el Bentley acabó en el garaje. Pero ayer adquirí una camisa turquesa, que me costó sólo cinco libras y es estupenda. El dinero no me preocupa para nada".

    Ken Follet (Cardiff, Gales, 5-VI- 1949) un tipo abierto, de carcajada fácil y encantado de conocerse, obedece a su lema: "Lo que sea, menos moderación". Estuvimos con él paseando por Londres y compartiendo unas cervezas, justo antes de su visita a Madrid, donde desembarcó como súper estrella (junto a Ruiz Zafón) en la Feria del Libro que termina hoy. En sólo cinco meses, Follet ha vendido en España 1.400.000 ejemplares de Un mundo sin fin (Plaza y Janés), la continuación del megaventas Los pilares de la Tierra (5,5 millones de libros vendidos en nuestro país). Follet ha practicado estos días su deporte favorito: el maratón de firmas de miles de autógrafos idénticos: primero, apunta el nombre de la persona que aguarda en la cola. Después, dos palabras: best wishes (con mis mejores deseos).

     

    En el Metro. Hombre de contrastes, el escritor superventas no tiene inconveniente en viajar en el suburbano de la capital británica. Aunque posee varios coches de lujo, Follet también dispone de su correspondiente abono transporte.

    En el Metro. Hombre de contrastes, el escritor superventas no tiene inconveniente en viajar en el suburbano de la capital británica. Aunque posee varios coches de lujo, Follet también dispone de su correspondiente abono transporte.

     

    –Hombre, alguna vez pondrá algo más especial, alguna dedicatoria entrañable...

    –Pues no. Firmo miles de libros en un solo día, es imposible.

    –Y para la gente famosa que le sigue, ¿se suele detener en algo más elaborado?

    –A veces, si se trata de algún actor al que admiro, escribo "con respeto". Follet no se complica la vida.

    Salimos del ambiente exclusivo de la calle Savile Row y caminamos hasta la primera boca de Metro. Después del baño de glamour textil, resulta chocante ver como Follet saca de su cartera el equivalente a nuestro abono transporte, supera la barrera de la máquina y baja las escaleras mecánicas atestadas bajo los fluorescentes. Le ametrallamos a fotos dentro del vagón, por lo curioso de la escena. Los londinenses ni se inmutan. Salimos a la luz en Leicester Square y nos dirigimos a la Biblioteca Pública, The Reference, en busca de documentación. Follet camina rápido, ligeramente escorado a la izquierda, como si su pertenencia al partido Laborista y el que su mujer sea ministra de Igualdad del Gobierno de Gordon Brown, adicionaran una militancia especial a su figura. Cuesta seguirle el ritmo.

    Esta mañana, como todas, ha encendido el ordenador nada más levantarse. Se ha enfrentado, en albornoz y con un taza de té, al texto que redactó el día anterior. Ha corregido esas páginas –"siempre rehago lo que escribí el día de antes"– y ha perfilado la escena siguiente. Es su ritual habitual de dos horas de escritura, antes de desayunar, vestirse, afeitarse y continuar escribiendo hasta el almuerzo.

    Si no hubiera acudido a la cita con Magazine, Follet, el hombre que ha instalado los casi dos kilos que pesa su último libro sobre las mesillas del dormitorio de cuatro millones de personas de todo el mundo, estaría ahora trabajando hasta las cuatro o cinco de la tarde. Después, revisaría su correo electrónico, despacharía asuntos con su oficina y finalmente se bebería una copa de champán.

    –Hábleme de su lado oscuro, Follet. Tanta disciplina perfecta puede ser un infierno. ¿Es un prisionero de su éxito?

    –No, escribir es liberador. A usted le gustaría decir: "Miren, Follet parece un tipo feliz, pero en realidad es realmente infeliz". O podría decir: "Ken es muy superficial, no tiene profundidad, es aburridísimo". Ninguna de esas visiones sería correcta. Una vez, mi agente neoyorquino me dijo: "Mira, tu mayor problema como escritor es que no eres un alma atormentada". Pues es verdad. Ni me considero muy profundo o espiritual, ni vivo atormentado o preocupado. Solía ser muy ambicioso, pero ya he logrado lo que quería: escribir historias. Es una locura que me paguen tantísimo dinero por hacer lo que me gusta, algo que haría incluso si me ingresaran un ?% de lo que gano. Lo único que me molesta es que, en los viajes de promoción, tengo que dormir solo, y eso lo odio.

    Ateo convencido. Imagino que Follet es adicto al éxito –"no voy a renunciar a él, desde luego"–, y ateo, como acto de rebeldía contra sus padres, miembros de una estricta rama del puritanismo anglicano, la facción de Plymouth Brethren. Desde niño le vetaron el cine, la televisión y la radio, para evitar exponerlo al pecado. Consiguió ver su primera película –Jason y los Argonautas– con 14 años.

    –Mi ateísmo es, hasta cierto punto, una reacción contra mis padres. Crecí con todas esas discusiones sobre si Dios existe, o no, desde que era adolescente. Lo debatí con mis padres, mis amigos y toda mi familia y por eso estudié Filosofía, para encontrar una respuesta. No, Dios no existe.

    –Su vida de éxito fue un intento de demostrar a sus padres que podían estar equivocados. Hizo todo lo contrario de lo que esperaban de usted y triunfó. ¿Les convenció?

    –Nunca. Mi madre murió sin variar sus creencias religiosas. Falleció como una cristiana muy estricta. No quiso leer mis libros. Decía que había demasiado sexo y palabrotas. Al final, se decidió a leer las versiones abreviadas del Readers Digest's, porque en esas ediciones condensadas eliminan el sexo y los insultos. Y mi padre [un inspector de Hacienda que le ha llevado la contabilidad hasta que se jubiló a los 77 años] lee mis libros y le gustan. No es tan estricto como solía, pero todavía es bastante creyente. La verdad es que no logré que cambiaran.

    –¿Su madre llegó a sentirse orgullosa de usted?

    –Sí. Aunque desaprobaba un montón de cosas de mi vida.

    Follet detiene el paso en Leicester Square. El cine Empire está rodeado de unidades móviles de televisión. Se avecina la llegada de las actrices de la serie Sexo en Nueva York.

     

    Matrícula a medida. Quien ha conseguido que le paguen 33 millones de euros como adelanto de su próxima trilogía, es evidente que no tiene problemas de liquidez. La matrícula KEN 25P corresponde a su deslumbrante Maseratti.

    Matrícula a medida. Quien ha conseguido que le paguen 33 millones de euros como adelanto de su próxima trilogía, es evidente que no tiene problemas de liquidez. La matrícula KEN 25P corresponde a su deslumbrante Maseratti.

     

    Alfombra roja, expectación, cámaras. A Follet le encantaría que alguno de sus libros se adaptara al cine. Sólo lo logró con el superventas El ojo de la aguja. "¿Se imagina que ese estreno fuera el de una de mis novelas? Las estrellas llega- rían a Londres, yo pasearía por esa alfombra... sería maravilloso. Tengo un agente en Hollywood que se pasa la vida intentando que lleven al cine mis historias, aunque me consta que es muy complicado, por el tipo de trama que presento".

    –¿Ha probado con Spielberg?

    –¡Por supuesto! Y Spielberg lo dice bien claro: "No quiero hacer una película sobre este libro". Cuando acabo una historia, mi agente la manda a todos los directores y productores de Hollywood. ¡A todos! En una semana, sé si están interesados o no. Y el caso es que no.

    –Quizá debería llamar la atención protestando al estilo Full Monty.

    –Entonces, definitivamente me quedo sin película, ¡ja, ja, ja!

    Autógrafos. Entramos en la biblioteca pública The Reference. Aparece una joven sevillana. Ha llegado corriendo a pedir un autógrafo desde un hotel cercano, con el nuevo libro de Follet leído hasta la mitad. Al autor le encanta el ceremonial de las firmas y saborea que la mayoría de los funcionarios de la sala le fotografíe, con sus móviles. "Señor Follet, su libro es estupendo, le admiro muchísimo...".

    Follet es un profesional del contacto con el público: ni un solo gesto de impaciencia, sonrisa perfecta. "Recuerdo que, para sus apariciones en televisión, siempre lleva su propio estuche de maquillaje", digo. "Aprendí a maquillarme personalmente en un cursillo acelerado de media jornada, hace más de ?5 años. Lo decidí porque muchos programas sólo maquillan a los presentadores y no al invitado, para ahorrar. Tú estás al lado de ellos, que van fantásticos, y en cambio pareces enfermo. Así que me arreglo yo mismo".

    –¿Qué opina de quienes le critican duramente porque consideran que no hace literatura, sino negocios?

    –Son unos estúpidos de mierda [ríe]. Eso es lo que realmente pienso. No creo que sepan lo que es literatura.

    –Así que usted hace buena literatura...

    –No soy el más indicado para juzgarlo… en fin, vale, creo que mis libros y mis historias son estupendas.

    ¡Qué bien me queda el traje! Como el dinero, según él, no le preocupa nada, es habitual de Spencer Hart, exclusiva sastrería de la calle Savile Row de Londres, especialista en vestir a cantantes, millonarios y miembros de la realeza británica.

    ¡Qué bien me queda el traje! Como el dinero, según él, no le preocupa nada, es habitual de Spencer Hart, exclusiva sastrería de la calle Savile Row de Londres, especialista en vestir a cantantes, millonarios y miembros de la realeza británica.

     

    –Pero no le perdonan los lugares comunes en el lenguaje...

    –Mire, me esfuerzo mucho para que mis libros sean fáciles y sencillos de leer. ¿Es una virtud ser un autor complicado de entender? ¿Es eso más inteligente? ¡No! Hay un montón de esnobismo sobre eso: que sólo lo difícil es bueno. Todas esas críticas a mis libros son una locura, porque no están enfocadas en el propósito del libro, que se enmarca en la literatura popular. Si no aprueban el conjunto, es porque prefieren un tipo distinto de literatura y eso no tiene nada que ver con el libro en sí.

    Al fin conversamos sentados, compartiendo una cerveza en el pub The Dog and Duck, fundado en ?897. Uno de los bares favoritos del autor. Un clásico del Soho londinense, el barrio mutirracial en el que Follet posee una de sus tres casas: disfruta de una antigua rectoría restaurada en Stevenage (Este de Inglaterra), de una mansión de playa en la isla caribeña de Antigua y de su hogar en el Soho, el corazón bohemio londinense.

    –¿Nota que le envidian?

    –Pues sí, especialmente los periodistas. Sé que algunos, mientras me están entrevistando, piensan: "No hay nada especial en él, qué hace ese tipo ahí, con todo su éxito, cuando yo puedo hacer lo mismo, mucho mejor". Les ocurre conmigo lo mismo que a mí me pasó con otros escritores, antes de que empezara a escribir superventas. Lo entiendo perfectamente.

    –Yo creo que parte de su éxito en España, el país donde más libros vende, y la acogida de su audiencia en general, se debe a que escribe al estilo de las telenovelas...

     

    2. La hora de los fans. Una joven sevillana, de visita en Londres, se ha enterado de que Follet estaba en la biblioteca pública The Reference. Veloz como el viento, se ha acercado hasta el escritor para que le dedique su último libro, leído hasta la mitad.

    2. La hora de los fans. Una joven sevillana, de visita en Londres, se ha enterado de que Follet estaba en la biblioteca pública The Reference. Veloz como el viento, se ha acercado hasta el escritor para que le dedique su último libro, leído hasta la mitad.

     

    –Es cierto que uso algunas técnicas de la telenovela y que me gusta su ritmo dramático. Un escritor puede aprender mucho de la tele, porque las telenovelas, al final de cada episodio, siempre dejan una pregunta en el aire y yo lo hago al final de cada capítulo. Pero mis libros ofrecen tramas que no da la televisión: la historia de fondo, la construcción de una catedral o la peste negra. Hay que dar mucho más de lo que el público logra ver en la pantalla, de manera que la apague y se lea el libro.

    –¡Oiga, Follet!, ¿y qué hace usted cuando se atasca escribiendo?

    –Pues me levanto y me pongo a andar así… Y Follet recorre a grandes zancadas el pub, con cara de enorme preocupación, concentración y disgusto. Dudo que nadie quisiera cruzarse con él en momentos así. "Mi esposa Barbara advierte a todo el que entra a trabajar en casa: ‘Si ve al señor Follet caminando de un lado a otro y le mira fijamente como si le odiara, no se asuste, ni siquiera le ve’".

    Ken anuncia que se tiene que marchar a tocar el bajo con su banda al otro lado de la ciudad y que nos vemos allí más tarde. Lo encontramos en The Links, un local de ensayo en una estrecha callejuela de Charing Cross. Un chaval pregunta, al abrir la puerta: "¿Buscáis a los chicos de la sala naranja?". Imaginamos que sí… dejamos atrás una cabina insonorizada repleta de jóvenes y, en la siguiente, nos topamos con un Follet cañero: camiseta blanca sin mangas, vaqueros y guitarra Steinberger Spirit en mano. A su lado, su hijo Emanuele, un exitoso empresario de unos 40 años, viste pantalones pirata, camisa abierta y zapatillas deportivas. Son, con un batería, una cantante y un guitarra más, los Damn Right, I Got the Blues. Con voz leonina, Follet canta Mustang Sally (1965) y ensaya temas de Lenny Kravitz. Cualquiera le habría confundido con un rockero bohemio, a no ser que reparara en el detalle aparcado a pocos metros del lugar: un deslumbrante Masseratti, de singular matrícula: KEN25P.

     

    Por MERCEDES IBAIBARRIAGA.
    Fotografías de LUIS DE LAS ALAS

    [Fuente: elmundo.es]

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