Feliz Navidad

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El mercenario de Granada

   ♦       Sección:   HISTORIA       ♦  


[foto de la noticia]


A


ño 1487. Los ejércitos del rey Fernando inician la reconquista. Se avecina la caída de Granada, donde 100.000 almas disfrutan de sabiduría y bienestar. JUAN ESLAVA GALÁN recrea en su última novela la vida diaria de la capital nazarí, cuna de artesanos y científicos, repleta de zocos, palacios, jardines y bibliotecas.

PREPUBLICACIÓN | LA DEBACLE DE UN PARAÍSO

La vega de Granada se extendía como un manto de brocado verde con las arboledas de cipreses, higueras, olivos y frutales pespunteando lindes y acequias. Como dispersos por la mano de un sembrador, negras norias y blancas almunias alegraban el paisaje. Los hortelanos preparaban las sementeras de la primavera. El agua de los surcos y las regueras espejeaba al sol. Al fondo como una cinta rojiza aparecían las murallas de Granada. Detrás de ellas, los tejados rojos y las azoteas blancas de las mezquitas y los palacios. La Alhambra se recortaba sobre la blancura deslumbradora de la Sierra Nevada.

–¡Granada! –exclamó Orbán–. En Oriente dicen que hay tres ciudades en el mundo: Estambul, Jerusalén y Granada.

Siguieron el camino que conducía a la puerta de Elvira, entre dos tapias que delimitaban, a uno y otro lado, un gran cementerio. La medina se extendía por el llano y por el monte Albaicín.

Desde su residencia, aquella tarde, Orbán e Isabel admiraron la belleza de la ciudad que se extendía a sus pies.

Poco después apareció Alí el Cojo con una cestilla de buñuelos calientes. Mientras desayunaban contemplaron el avance de la luz sobre la colina de la Alhambra, a medida que el sol remontaba.

–La perla de Al-Andalus –dijo Alí el Cojo–. Para algunos, la ciudad más bella del mundo. El paraíso en la tierra: la ciudad rodeada de fértiles vegas en las que manan cien fuentes. Dos ríos importantes la recorren, el Darro, de arenas auríferas y el Genil cuyas aguas endulzan los membrillos y las granadas. En la ciudad viven más de cien mil criaturas: artesanos, hombres de ciencia, caballeros peritos en la guerra. Hay cuatro cercas que delimitan cuatro ciudades y doce barrios, cada uno con su zoco y su mezquita mayor, con sus baños, sus fondas y sus hornos públicos, sin contar los palacios y las casas de ciudadanos pudientes que tienen también baños y jardines, doce puentes sobre el río Darro, ocho sobre el Genil.

Orbán e Isabel miraban aquel esplendor.

–Allí el cementerio de la Sabika –señalaba Alí el Cojo–, el valle de Nachd y las alturas de al Faharin, que terminan en el río Genil; aquella es la alcazaba de los judíos y la medina, aquellas las cúpulas de la mezquita mayor, las de más allá, pespunteadas de lumbreras en forma de estrella, son las de los baños de Sautar; los tejadillos parejos son los de la madrasa, donde los maestros esparcen las perlas del conocimiento, y la alcaicería, cruzando el Darro con sus puentes, la posada de al Jadida; a la derecha, la alcazaba antigua, al otro lado del valle del Darro.

Orbán levantó la mirada hacia los muros rojos de la Alhambra, tan inaccesibles como si colgaran del cielo. –Allá arriba, en las torres del mexuar se supone que manda Boabdil el desventurado –prosiguió Alí el Cojo–, pero eso es una mera ilusión. La que manda es su madre, Aixa la Horra. Desde su palacio del Albaicín, Aixa abarca la Alhambra, envía y recibe correos, visita a su hijo o a su nuera. Su nuera, una pobre mujer flaca de espíritu, es hija del fiero Aliatar, pero no ha heredado la fiereza de su padre. Algunos viajeros discuten si Granada es más bella que Constantinopla ¿Qué te parece a ti, que conoces las dos?

[foto de la noticia]

Ilustraciones Gaspar Meana

–Cada ciudad tiene su gracia –respondió Orbán evasivo–. Pero me parecen las dos igualmente sublimes.

Los juglares cantaban las hazañas de los campeones del islam y hablaban de cabezas infieles cortadas, de escuadrones de cristianos puestos en fuga por un solo adalid, de hazañas difíciles de creer que entusiasmaban a las entregadas audiencias de los zocos y mercados. Muchos jovenzuelos, fascinados por los relatos militares, ingresaban como muhaidines deseosos de algún destino fronterizo desde el que contribuir a la derrota de los cristianos.

Otros informantes más cautos, los trajinantes, traían noticias menos optimistas y hablaban de razzias y espolonadas de don Alonso de Aguilar y del alcalde de los Donceles, caudillos temidos que asolaban la tierra y cautivaban pueblos enteros.

Pero ya corrían otros tiempos. Granada estaba atestada de refugiados que lo habían perdido todo, muchos de ellos partidarios de El Zagal que consideraban a Boabdil un traidor vendido a Fernando. Los muhaidines, exasperados por las derrotas y fanatizados por las predicaciones de los alfaquíes abarrotaban calles y plazas sin otro menester que rezar cinco veces al día, rivalizando por presentar el mayor callo en la frente. El resto del tiempo murmuraban contra el gobierno.

Así llegó el verano. Fernando e Isabel atendían al gobierno de sus estados y no tenían prevista una nueva campaña. En Granada, las decenas de miles de refugiados a los que los cristianos habían expulsado de sus tierras se sumaban a los halcones que deseaban derrotar a los cristianos y recuperar lo perdido.

–No aguardemos a que los cristianos reaccionen. Ahora están exhaustos este es el momento de atacarlos–, señalaba el Zegrí.

Lo mismo opinaban Al Hakim, Abul Hasán, Abu Zalí y otros capitanes de la frontera, hombres belicosos que se sentían humillados por las armas cristianas. Boabdil cedió a tantas presiones y permitió que sus capitanes atacaran varias fortalezas fronterizas. Los campeones competían entre ellos arrasando alquerías y castillos cristianos, cautivando rebaños y campesinos, masacrando guarniciones. Regresaban triunfantes a Granada, los guerreros exhibiendo cabezas ensartadas en lanzas o collares de orejas enemigas. El pueblo los aclamaba entusiasmado, roncas las mujeres de ulular. Boabdil los recibía en la Alhambra y los colmaba de regalos. El mensaje estaba claro. Granada y Castilla estaban en guerra. Fernando declaró felón a su vasallo Boabdil y se lo notificó en un pergamino con sus sellos.

Desde las murallas se divisaban las polvaredas de la caballería y los escuadrones de peones cristianos. Mientras los almogávares y los adalides recorrían el territorio y saqueaban las almunias, los cavadores y vivanderos instalaban el real en los Ojos de Huécar, en El Gozco, a una legua de Granada, en medio de la vega. Brillaban a lo lejos, en la oscuridad de la vega, docenas de puntos de luz, las hogueras cristianas. Desde las almenas y azoteas de Granada la población contemplaba fascinada aquel ilusorio firmamento que, de pronto, rodeaba su ciudad. Las hogueras se extendían hasta el horizonte, como si una gran urbe hubiera crecido de pronto donde unas horas antes sólo había surcos y sembrados. La tristeza se alojó en los corazones de los más prudentes junto con la certeza de que aquello prefiguraba el final de Granada.

Mientras el consejo del reino deliberaba en el mexuar, Mohamed el Pequenni, el alfaquí, ascendió penosamente las pinos peldaños de la angosta escalera de caracol que conducía a la azotea del minarete de la mezquita mayor, el punto más alto de la medina.

De pronto el Pequenni fue consciente de que probablemente aquella era la la última vez que subía aquella escalera y la última vez que dirigía los rezos en la mezquita de cinco naves donde los musulmanes granadinos habían elevado sus preces mirando a la Meca durante varios siglos.

–¡Todo comienza y todo acaba, por voluntad de Alá! –murmuró.

Terminó la ascensión y salió al balcón circular que coronaba el minarete. Allá arriba soplaba un viento frío procedente de las nieves. El muecín contempló la hermosa vista de Granada, el panorama de rojos tejados y verdes cármenes que se divisaba desde aquella altura. En el aire helado respiró los aromas de la ciudad confundidos con los de la vega, olor a agua regando verdores, a humo de asadores de castañas, a otoño.

–En el nombre de Alá, el clemente, el misericordioso... –murmuró para sí. Tosió para aclararse la voz. Para él Granada era el centro del mundo y desde luego el centro del islam. En la biblioteca de la mezquita tenía cuando podía desear, mejor que si estuviera en Fez o El Cairo o Bagdad. Y ahora todo podía perderse, todo iba a perderse, por el signo aciago de los tiempos. Fernando le había prometido a Boabdil un ducado en una reserva musulmana en las Alpujarras, pero ahora que Boabdil vulneraba el compromiso, Fernando se consideraría eximido de cumplir los acuerdos. ¿Qué porvenir les esperaba a los vencidos? ¿Regresar a África, al desierto pedregoso del que salieron sus padres, los conquistadores de Al-Andalus, veinte generaciones atrás? Mohamed el Pequenni conocía lo que era el Magreb, la vida, primitiva; la tierra, pobre; los caminos, inciertos; las ciudades, polvorientas; el gobierno, tiránico; tapias derruidas con cuadrillas de vagos malencarados vegetando a la sombra. Él, acostumbrado a las comodidades y a las bellezas de Granada, no se acomodaría a vivir allí la enfadosa vejez. ¿Quedarse en Granada? Quizá en la corte de Fernando hubiera un resquicio para él, de secretario de cartas árabes, de trujamán, de calígrafo. Envidió a su padre que nació y murió en la ciudad sin sobresaltos, dedicado a sus libros, consultado por los gobernantes, respetado por el pueblo. Alá le deparaba a él estos tiempos tan turbios. Sea su voluntad.

Y Granada cayó. El 2 de enero ondearon los pendones de Castilla en la torre mayor de la Alambra.

–Los cristianos se han quedado con cuanto había de valor, pero de las personas no abusan –explicó Jándula–. Fernando ha pregonado castigos para el que agreda a un musulmán. Ahorcan a los soldados borrachos y a los violadores. Parece que todo eso lo tenían acordado secretamente con Aben Comixa y con el visir. No obstante, la gente se fía poco de ellos y teme que después de la euforia del triunfo reconsideren la situación y exijan más. Por lo pronto los ricos y todo el que tenía algo ha hecho el petate y se ha ido. Los caminos están llenos de fugitivos. Unos van a África y otros a las Alpujarras. Los abencerrajes y los notables se han quedado en Granada, con sus casas y sus cuadras intactas. Muchos se convierten al cristianismo y los reyes les confirman sus bienes y sus fincas. A otros les dan heredamientos para compensar las villas y las prebendas que pierden. Al final todo fue un enjuague: vendieron Granada a los cristianos y el único que ha perdido es el pueblo. ¿Recuerdas la multitud de muhaidines deseosos de alcanzar el martirio? Pues se ha evaporado como el rocío matinal cuando sale el sol.

«El mercenario de Granada» (Ed. Planeta), de Juan Eslava Galán, sale a la venta el próximo martes 27 de marzo. Precio, 20 e.

[Fuente: Mis recopilaciones ]

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El mercenario de Granada

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[foto de la noticia]


A


ño 1487. Los ejércitos del rey Fernando inician la reconquista. Se avecina la caída de Granada, donde 100.000 almas disfrutan de sabiduría y bienestar. JUAN ESLAVA GALÁN recrea en su última novela la vida diaria de la capital nazarí, cuna de artesanos y científicos, repleta de zocos, palacios, jardines y bibliotecas.

PREPUBLICACIÓN | LA DEBACLE DE UN PARAÍSO

La vega de Granada se extendía como un manto de brocado verde con las arboledas de cipreses, higueras, olivos y frutales pespunteando lindes y acequias. Como dispersos por la mano de un sembrador, negras norias y blancas almunias alegraban el paisaje. Los hortelanos preparaban las sementeras de la primavera. El agua de los surcos y las regueras espejeaba al sol. Al fondo como una cinta rojiza aparecían las murallas de Granada. Detrás de ellas, los tejados rojos y las azoteas blancas de las mezquitas y los palacios. La Alhambra se recortaba sobre la blancura deslumbradora de la Sierra Nevada.

–¡Granada! –exclamó Orbán–. En Oriente dicen que hay tres ciudades en el mundo: Estambul, Jerusalén y Granada.

Siguieron el camino que conducía a la puerta de Elvira, entre dos tapias que delimitaban, a uno y otro lado, un gran cementerio. La medina se extendía por el llano y por el monte Albaicín.

Desde su residencia, aquella tarde, Orbán e Isabel admiraron la belleza de la ciudad que se extendía a sus pies.

Poco después apareció Alí el Cojo con una cestilla de buñuelos calientes. Mientras desayunaban contemplaron el avance de la luz sobre la colina de la Alhambra, a medida que el sol remontaba.

–La perla de Al-Andalus –dijo Alí el Cojo–. Para algunos, la ciudad más bella del mundo. El paraíso en la tierra: la ciudad rodeada de fértiles vegas en las que manan cien fuentes. Dos ríos importantes la recorren, el Darro, de arenas auríferas y el Genil cuyas aguas endulzan los membrillos y las granadas. En la ciudad viven más de cien mil criaturas: artesanos, hombres de ciencia, caballeros peritos en la guerra. Hay cuatro cercas que delimitan cuatro ciudades y doce barrios, cada uno con su zoco y su mezquita mayor, con sus baños, sus fondas y sus hornos públicos, sin contar los palacios y las casas de ciudadanos pudientes que tienen también baños y jardines, doce puentes sobre el río Darro, ocho sobre el Genil.

Orbán e Isabel miraban aquel esplendor.

–Allí el cementerio de la Sabika –señalaba Alí el Cojo–, el valle de Nachd y las alturas de al Faharin, que terminan en el río Genil; aquella es la alcazaba de los judíos y la medina, aquellas las cúpulas de la mezquita mayor, las de más allá, pespunteadas de lumbreras en forma de estrella, son las de los baños de Sautar; los tejadillos parejos son los de la madrasa, donde los maestros esparcen las perlas del conocimiento, y la alcaicería, cruzando el Darro con sus puentes, la posada de al Jadida; a la derecha, la alcazaba antigua, al otro lado del valle del Darro.

Orbán levantó la mirada hacia los muros rojos de la Alhambra, tan inaccesibles como si colgaran del cielo. –Allá arriba, en las torres del mexuar se supone que manda Boabdil el desventurado –prosiguió Alí el Cojo–, pero eso es una mera ilusión. La que manda es su madre, Aixa la Horra. Desde su palacio del Albaicín, Aixa abarca la Alhambra, envía y recibe correos, visita a su hijo o a su nuera. Su nuera, una pobre mujer flaca de espíritu, es hija del fiero Aliatar, pero no ha heredado la fiereza de su padre. Algunos viajeros discuten si Granada es más bella que Constantinopla ¿Qué te parece a ti, que conoces las dos?

[foto de la noticia]

Ilustraciones Gaspar Meana

–Cada ciudad tiene su gracia –respondió Orbán evasivo–. Pero me parecen las dos igualmente sublimes.

Los juglares cantaban las hazañas de los campeones del islam y hablaban de cabezas infieles cortadas, de escuadrones de cristianos puestos en fuga por un solo adalid, de hazañas difíciles de creer que entusiasmaban a las entregadas audiencias de los zocos y mercados. Muchos jovenzuelos, fascinados por los relatos militares, ingresaban como muhaidines deseosos de algún destino fronterizo desde el que contribuir a la derrota de los cristianos.

Otros informantes más cautos, los trajinantes, traían noticias menos optimistas y hablaban de razzias y espolonadas de don Alonso de Aguilar y del alcalde de los Donceles, caudillos temidos que asolaban la tierra y cautivaban pueblos enteros.

Pero ya corrían otros tiempos. Granada estaba atestada de refugiados que lo habían perdido todo, muchos de ellos partidarios de El Zagal que consideraban a Boabdil un traidor vendido a Fernando. Los muhaidines, exasperados por las derrotas y fanatizados por las predicaciones de los alfaquíes abarrotaban calles y plazas sin otro menester que rezar cinco veces al día, rivalizando por presentar el mayor callo en la frente. El resto del tiempo murmuraban contra el gobierno.

Así llegó el verano. Fernando e Isabel atendían al gobierno de sus estados y no tenían prevista una nueva campaña. En Granada, las decenas de miles de refugiados a los que los cristianos habían expulsado de sus tierras se sumaban a los halcones que deseaban derrotar a los cristianos y recuperar lo perdido.

–No aguardemos a que los cristianos reaccionen. Ahora están exhaustos este es el momento de atacarlos–, señalaba el Zegrí.

Lo mismo opinaban Al Hakim, Abul Hasán, Abu Zalí y otros capitanes de la frontera, hombres belicosos que se sentían humillados por las armas cristianas. Boabdil cedió a tantas presiones y permitió que sus capitanes atacaran varias fortalezas fronterizas. Los campeones competían entre ellos arrasando alquerías y castillos cristianos, cautivando rebaños y campesinos, masacrando guarniciones. Regresaban triunfantes a Granada, los guerreros exhibiendo cabezas ensartadas en lanzas o collares de orejas enemigas. El pueblo los aclamaba entusiasmado, roncas las mujeres de ulular. Boabdil los recibía en la Alhambra y los colmaba de regalos. El mensaje estaba claro. Granada y Castilla estaban en guerra. Fernando declaró felón a su vasallo Boabdil y se lo notificó en un pergamino con sus sellos.

Desde las murallas se divisaban las polvaredas de la caballería y los escuadrones de peones cristianos. Mientras los almogávares y los adalides recorrían el territorio y saqueaban las almunias, los cavadores y vivanderos instalaban el real en los Ojos de Huécar, en El Gozco, a una legua de Granada, en medio de la vega. Brillaban a lo lejos, en la oscuridad de la vega, docenas de puntos de luz, las hogueras cristianas. Desde las almenas y azoteas de Granada la población contemplaba fascinada aquel ilusorio firmamento que, de pronto, rodeaba su ciudad. Las hogueras se extendían hasta el horizonte, como si una gran urbe hubiera crecido de pronto donde unas horas antes sólo había surcos y sembrados. La tristeza se alojó en los corazones de los más prudentes junto con la certeza de que aquello prefiguraba el final de Granada.

Mientras el consejo del reino deliberaba en el mexuar, Mohamed el Pequenni, el alfaquí, ascendió penosamente las pinos peldaños de la angosta escalera de caracol que conducía a la azotea del minarete de la mezquita mayor, el punto más alto de la medina.

De pronto el Pequenni fue consciente de que probablemente aquella era la la última vez que subía aquella escalera y la última vez que dirigía los rezos en la mezquita de cinco naves donde los musulmanes granadinos habían elevado sus preces mirando a la Meca durante varios siglos.

–¡Todo comienza y todo acaba, por voluntad de Alá! –murmuró.

Terminó la ascensión y salió al balcón circular que coronaba el minarete. Allá arriba soplaba un viento frío procedente de las nieves. El muecín contempló la hermosa vista de Granada, el panorama de rojos tejados y verdes cármenes que se divisaba desde aquella altura. En el aire helado respiró los aromas de la ciudad confundidos con los de la vega, olor a agua regando verdores, a humo de asadores de castañas, a otoño.

–En el nombre de Alá, el clemente, el misericordioso... –murmuró para sí. Tosió para aclararse la voz. Para él Granada era el centro del mundo y desde luego el centro del islam. En la biblioteca de la mezquita tenía cuando podía desear, mejor que si estuviera en Fez o El Cairo o Bagdad. Y ahora todo podía perderse, todo iba a perderse, por el signo aciago de los tiempos. Fernando le había prometido a Boabdil un ducado en una reserva musulmana en las Alpujarras, pero ahora que Boabdil vulneraba el compromiso, Fernando se consideraría eximido de cumplir los acuerdos. ¿Qué porvenir les esperaba a los vencidos? ¿Regresar a África, al desierto pedregoso del que salieron sus padres, los conquistadores de Al-Andalus, veinte generaciones atrás? Mohamed el Pequenni conocía lo que era el Magreb, la vida, primitiva; la tierra, pobre; los caminos, inciertos; las ciudades, polvorientas; el gobierno, tiránico; tapias derruidas con cuadrillas de vagos malencarados vegetando a la sombra. Él, acostumbrado a las comodidades y a las bellezas de Granada, no se acomodaría a vivir allí la enfadosa vejez. ¿Quedarse en Granada? Quizá en la corte de Fernando hubiera un resquicio para él, de secretario de cartas árabes, de trujamán, de calígrafo. Envidió a su padre que nació y murió en la ciudad sin sobresaltos, dedicado a sus libros, consultado por los gobernantes, respetado por el pueblo. Alá le deparaba a él estos tiempos tan turbios. Sea su voluntad.

Y Granada cayó. El 2 de enero ondearon los pendones de Castilla en la torre mayor de la Alambra.

–Los cristianos se han quedado con cuanto había de valor, pero de las personas no abusan –explicó Jándula–. Fernando ha pregonado castigos para el que agreda a un musulmán. Ahorcan a los soldados borrachos y a los violadores. Parece que todo eso lo tenían acordado secretamente con Aben Comixa y con el visir. No obstante, la gente se fía poco de ellos y teme que después de la euforia del triunfo reconsideren la situación y exijan más. Por lo pronto los ricos y todo el que tenía algo ha hecho el petate y se ha ido. Los caminos están llenos de fugitivos. Unos van a África y otros a las Alpujarras. Los abencerrajes y los notables se han quedado en Granada, con sus casas y sus cuadras intactas. Muchos se convierten al cristianismo y los reyes les confirman sus bienes y sus fincas. A otros les dan heredamientos para compensar las villas y las prebendas que pierden. Al final todo fue un enjuague: vendieron Granada a los cristianos y el único que ha perdido es el pueblo. ¿Recuerdas la multitud de muhaidines deseosos de alcanzar el martirio? Pues se ha evaporado como el rocío matinal cuando sale el sol.

«El mercenario de Granada» (Ed. Planeta), de Juan Eslava Galán, sale a la venta el próximo martes 27 de marzo. Precio, 20 e.

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Perú. Hallan un complejo monumental antiguo

   ♦       Sección:   HISTORIA       ♦  


 

Panorama general sobre la zona de las excavaciones.

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■ El descubrimiento tiene 5.500 años y podría ser uno de los monumentos más "viejos" de América.

Arqueólogos alemanes y peruanos han descubierto en Sechín Bajo, en el valle del Casma (norte de Perú), un gigantesco complejo monumental datado hace unos 5 mil 500 años, que puede considerarse uno de los más antiguos de América.

"Se trata de un hallazgo revolucionario y excepcional por la datación tan antigua", subrayó hoy viernes en Berlín en una rueda de prensa el profesor de arqueología y embajador de Perú en Alemania, Federico Kauffmann-Doig, quien comentó que el enigma radica en averiguar ahora que función tuvo el complejo.

El descubrimiento viene a confirmar que las culturas andinas de Perú no tuvieron su origen en las regiones selváticas, como se pensaba hasta hace poco, sino en la costa norte del país, región en la que se presumen más restos arqueológicos relevantes, añadió.

El director del proyecto de Sechín Bajo y arqueólogo alemán de la Universidad Libre de Berlín, Peter Fuchs, explicó que la zona de excavaciones abarca una superficie de 30 hectáreas con construcciones de varias épocas, las mas recientes de hace 3 mil 600 años.

PATIO. Con forma circular, en el complejo de Sechín Bajo.

La construcción con patios redondos encontrada en los estratos inferiores de las excavaciones "puede considerarse la más antigua arquitectura monumental en el espacio andino central", dijo Fuchs, quien subrayó que fue levantada hace unos 5 mil 500 años.

Sobre ella se erigió posteriormente, entre los años 2100 y 1600 antes de nuestra era, un edificio abierto, casi cuadrado, de unos 35 por 40 metros, con nueve salas alineadas de tres en tres, que pudieron haber tenido alguna función ritual.

Casi adosado a ese edificio se encuentra el hallazgo más interesante del complejo, una construcción de piedra y adobe de 125 por 150 metros en buen estado de conservación, que contiene cuatro patios interiores en línea y descendentes desde el más pequeño, arriba, al más grande, en la parte inferior.

Este último, el de mayor tamaño y con muros de unos 5 metros de altura cubiertos de adobe, se abre a una plaza de unos 20 mil metros cuadrados.

 

RELIEVES. En una de las paredes del complejo.

La excavación de ese patio ha sacado además a la luz relieves de gran tamaño en sus paredes, únicos en la región, con figuras en posición frontal, que tienen los brazos abiertos y parecen participar en un baile ritual o una procesión.

En la mano derecha sostienen un objeto alargado que podría ser una maza de guerra y de su izquierda cuelga una pieza redonda, también sin identificar, de la que surge una cabeza de serpiente.

TRABAJO. Arqueólogos alemanes limpian los relieves de una de las paredes del complejo.

Los arqueólogos han limpiado hasta ahora tres figuras con la ayuda de un equipo de especialistas en restauración y consideran que podrían tener entre 3 mil 900 y 3 mil 700 años de antigüedad.

Fuchs explicó que la construcción monumental de Sechín Bajo, situada a 370 kilómetros al norte de Lima y en la región costera de Perú, fue abandonada intencionadamente por razones que se desconocen hace más de 2 mil 500 años.

Sus responsables "tapiaron las puertas y derribaron las escaleras de acceso" sellando el complejo, dijo el arqueólogo alemán, quien comentó que quienes realizaron esa tarea llenaron de grafitos las paredes exteriores de la construcción con más de 130 dibujos de animales, máscaras y otros objetos.


"El más interesante de todos ellos es una especie de animal mitológico, mezcla de caimán, felino y araña, que podría ser el anuncio de una nueva concepción del mundo y que se ha repetido de manera similar en numerosos hallazgos arqueológicos repartidos por la región andina", explicó Fuchs.

"No sabemos que función tenía el complejo", señaló por su parte el profesor Jürgen Golte, "sólo sabemos que no se trataba de una residencia y que tenía una función pública", posiblemente con fines rituales.

El equipo de arqueólogos del Instituto de Latinoamérica de la Universidad Libre de Berlín considera que el asentamiento de Sechín Bajo pudo tener entre 8 mil y 10 mil habitantes que vivían de la agricultura en las riberas de los ríos cercanos.

Otras fuentes del artículo:
http://www.exonline.com.mx
fotos: http://www.clarin.com

[Fuente: labitacoradealchemy]

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El rescate de Alejandría

   ♦       Sección:   HISTORIA       ♦  


 

Pieza de la exposición Tesoros sumergidos de Egipto y primer plano de Franck Goddio

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Estamos fondeados sobre la que un día fuera la península de Poseidium, en concreto, sobre el lugar donde se erigía un monumento a Poseidón. En total, una zona, la del antiguo Portus Magnus, que abarca unas 600 hectáreas sobre las que un día se levantaron auténticos desafíos de ingeniería como, por ejemplo, la séptima maravilla del mundo antiguo, el Faro

 


UN NUEVO ATLAS PARA LA HISTORIA

 

EGIPTO
La frágil tierra de arcilla sobre la que se construyeron los monumentos faraónicos ayudó a hundir este gran pedazo de historia. Un terrible maremoto en el siglo VII le asestó el golpe final.

ROMA
Bajo las aguas descansa Timonium, la residencia donde Marco Antonio se suicidó. «Harían falta cien años más para rescatar todo lo que puede encontrarse aquí abajo», asegura Goddio.

Ya ha transcurrido más de una década desde que, patrocinados por la Fundación Hilti y en colaboración con el Consejo Superior de Antigüedades de Egipto, Franck Goddio y los suyos se dedican en cuerpo y alma a uno de los proyectos arqueológicos más ambiciosos de la historia. En primavera rastrearon el puerto de Alejandría –donde ya prácticamente han cartografiado y reconstruido virtualmente el atlas de lo que un día fuera el puerto oriental, localizando complejísimas estructuras portuarias y restos de templos y de arquitectura civil–; y, en otoño, la expedición se trasladará a la bahía de Abukir, a unos 35 kilómetros del enclave donde ahora nos situamos. Sobre una península hoy desaparecida, a unos siete kilómetros de la costa, se ubicaba Heraclión –Tonis, para los egipcios–. El hallazgo de estos dos importantes enclaves, puerto comercial y centro religioso, respectivamente –a su vez conectados por canales mucho antes de la existencia de la futura y conocida Alejandría–, merece un capítulo aparte.

El equipo de Goddio no sólo cuenta con recursos humanos entre ingenieros e historiadores capaces de rastrear la más mínima pista en los textos de clásicos como Homero o Herodoto. También posee instrumentos de última tecnología, como un magnetómetro de resonancia nuclear diseñado expresamente para él por la Comisión Francesa de Energía Atómica (CEA) o un catamarán construido con un casco no magnético para evitar mezcla de señales. Con él, Goddio localizó en su día el San Diego, un galeón español hundido frente a Filipinas en el año 1600.

Goddio es nieto de Eric de Bisschop, marinero, aventurero y escritor que descubrió las antiguas rutas de navegación en el Pacífico Sur y que, además, inventó el catamarán. Quizá sea eso lo que explique la afición por la arqueología submarina de este francés nacido en Casablanca y formado en la Escuela Superior de Economía de París, que un buen día decidió tomarse un año sabático. Se hartó de una prolífica carrera como asesor de Naciones Unidas en Vietnam, Laos y Camboya –llegó a ser consejero del gobierno de Arabia Saudita, al que ayudó a establecer el Fondo para su Desarrollo– y ya nunca más volvió a ejercer. Fundó el instituto que ahora dirige y optó por aplicar su facilidad para los ‘negocios’ en su gran pasión.

Su reto ahora sería poder montar un museo submarino. La idea provoca una melancólica sonrisa en el arqueólogo. Extraerlo todo sería una tarea tan titánica como absurda. Aunque como él mismo no se cansa de repetir, aún harán falta décadas de duro trabajo para que el equipo pueda dibujar el mapa definitivo de este puzle histórico que encierra los secretos de 16 siglos de historia. Misterios que la tierra un buen día decidió tragarse, tal vez para demostrar a sus ‘inquilinos’ que ni la mayor civilización es capaz de sobrevivir a su propia ambición... o estulticia. Tal vez.

 

La residencia de Marco Antonio y Cleopatra. El Faro. El legendario Portus Magnus... Franck Goddio, el indiana jones de la arqueología, se ha propuesto rescatar de las profundidades del mar dieciséis siglos de historia. Joyas que abarcan desde el antiguo Egipto hasta la dominación romana. Una aventura en la que se aúnan el romanticismo y la más sofisticada tecnología.

Frente a la Corniche de Alejandría, a escaso medio kilómetro del guirigay de bocinas, transeúntes y cualquier otro medio de locomoción posible o imposible –y siempre en perpetuo estado de atasco– que conforma el pulso de la ciudad, aparece un discreto carguero. Está atracado bajo la relajada mirada de una pequeña embarcación del Ejército egipcio. Es el Princess Dudda, el barco a bordo del cual el director del Instituto Europeo de Arqueología Submarina (Ieasm), Franck Goddio, y su equipo han logrado localizar las ciudades de Canopo y Heraclión así como los restos del legendario Portus Magnus. Son los vestigios de casi dieciséis siglos de historia que, como piezas de un puzle incompleto, se habían perdido bajo las aguas del Mediterráneo tras los desastres naturales que las hundieron hacia mediados del siglo VII d. C. Ahora, y hasta septiembre, pueden verse en el antiguo Matadero de Legazpi de Madrid. La exposición Tesoros sumergidos de Egipto ha reunido 500 de estas piezas.

Resulta un tipo curioso, Goddio. Uno espera encontrarse ante una especie de pirata cuarteado por la ruda existencia de un cazador de tesoros –nutrida agenda de contactos y de tabernas portuarias no siempre recomendables, alguna que otra cicatriz... No en vano estamos en la ciudad de todos los placeres, pero también de todos los peligros– y, sin embargo, el brazo que se extiende para ayudar a abordar su barco pertenece a un entrañable sesentón, muy en forma, tan afable como exquisitamente educado, de maneras elegantes –camisa planchada con raya y andares saltarines, diríase que es un Tintín entrado en años pero igual de juvenil– que se mueve dando pequeños brincos sobre una cubierta que, literalmente, abrasa los pies descalzos. Cae un sol de justicia y la actividad es frenética. Un equipo de 35 personas, entre arqueólogos, restauradores y especialistas varios, hormiguea en torno a una gigantesca columna y la colosal tapa de un sarcófago que, una junto a otro, descansan a lo largo de proa dibujando el epicentro de todo el trabajo: numerosos trajes de buzo cuelgan a ambos lados, de las barandas, solapándose con bombonas de oxígeno y artilugios de naturaleza dispar cuya función se revela insospechada para el neófito. Allá, un restaurador experto en metales talla los ‘primeros auxilios’ a un hallazgo antes de llevarlo al laboratorio de tierra donde se le harán las pertinentes pruebas electroquímicas; a cubierto, uno de los fotógrafos de la expedición registra y cataloga cada botín rescatado. Repartidas en un sinfín de cubetas de agua salada de diferentes tamaños y colores que pueblan cada rincón del barco, reposan hasta más de 200 piezas entre ánforas, joyas, esfinges, monedas y objetos de valor incalculable que la experta en cerámica muestra orgullosa; otras 500 han decidido dejarse bajo el agua debidamente localizadas. Y es que, tal como señala Goddio mientras un buzo aparece y otro desaparece como por arte de magia en una estampa de mar con horizonte de minaretes, «harían falta 100 años más para rescatar todo lo que puede encontrarse ahí abajo». A saber.

Si la fundación de la metrópoli por Alejandro Magno en el 331 a. C. supuso la verdadera expansión de Grecia en el Delta del Nilo, mucho antes del siglo VIII a. C. los helenos ya habían establecido comunidades en su flanco oeste, véase Canopo y/o Heraclión. Así que no resulta raro que todo lo que por allí aconteció antes, durante y después de la creación de Alejandría sustente el mayor y más fascinante hallazgo arqueológico que, para darle más emoción al asunto, ha permanecido durante siglos escondido en el fondo del mar al abrigo de los sedimentos provenientes del Nilo. Pero hagamos un poco de historia.

Tras la muerte de Alejandro, un capitán macedonio llamado Ptolomeo fue designado gobernador y acabó siendo rey de Egipto bajo el nombre de Ptolomeo Sóter I. Con él se inauguró la dinastía ptolemaica, que duraría hasta el año 30 a. C., cuando Roma conquistó Egipto de la mano de Octavio y por la gracia de Cleopatra, quien de alguna manera ya había allanado el camino previamente aliándose con Julio César, primero, y con Marco Antonio, después. La dominación, que duraría hasta 284 d. C. con la llegada de la época bizantina, no logró aniquilar el espíritu de intercambio y mezcolanza cultural que había hecho única a Alejandría durante la época helenística y ptolemaica. En cualquier caso, para cuando llegaron los árabes, en el siglo VII, el nivel del mar, por su propia naturaleza, ya se había elevado lo suficiente y la tierra de arcilla sobre la que habían sido construidos monumentos faraónicos terminó por ayudar a hundir un gran pedazo de la historia; con la estocada final de una importante actividad sísmica, maremoto incluido. «Ahí debía de estar Timonium [la residencia donde Marco Antonio se suicidó y donde mucho antes debió de intercambiar ideas con Cleopatra y no siempre políticas] y más allá, un palacio real y...», señala un exultante Goddio que gira en todas direcciones desplegando brazo, antebrazo y dedo índice, apasionado, nervioso, casi como un niño que comparte su afición. Y de la emoción, se le acumulan las palabras en la boca tratando de responder a mil y una preguntas.

 

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La estatua de Arsinoe II, como Afrodita surgiendo de las olas. Granito negro. s. III a. C.

 

Moneda de oro dedicada al emperador Valens. Final del periodo romano. s. IV d. C.

 

Una cabeza de estatua de granito rojo de una reina ptolemaica. Heraclión.

Dije de oro en forma de ojo de Horus o Udyat. Época ptolemaica.

 

Estatua de Poseidón, en bronce, extraída del Portus Magnus, Alejandría.

 

Una placa de oro de fundación de Ptolomeo III. 5 x 10,8 cm.

Naos de las Décadas. Es el calendario más antiguo que hay. Del reinado de Nectanebo I.

 

Tres colgantes de la época romana o bizantina. Oro, amatista y esmeralda.

 

Una lámpara de aceite del s. I d.C., descubierta en Portus Magnus, Alejandría. Los tesoros de Goddio

Cabeza de granito de un sacerdote, probablemente ptolemaico. Alejandría.

 

 [Fuente: xlsemanal ]

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